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Historia secreta del sistema educativo 

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12 El insustancial Chautauqua

Un hombre nos dejó un retrato dinámico del gran proyecto escolar completado prematuramente a pequeña escala: William James, un enterado entre enterados, el más destacado (y primer) psicólogo de Norteamérica, hermano del novelista Henry James. El prestigio de James como más formidable brahmán de Boston fundó la psicología norteamericana. Sin él es dudoso que hubiera sucedido en absoluto. Su Varieties of Religious Experience es único en el canon literario norteamericano: no es sorprendente que John Dewey abandonara a Hegel y Herbart tras un breve coqueteo con los alemanes y se adhiriera a James en su filosofía del pragmatismo (que es la religión de los antiguos escandinavos puesta al día). Pero James era un pensador demasiado profundo para creer completamente su propio discurso monótono. En un librito llamado Talks to Teachers, que hoy sigue disponible, más de cien años después de ser escrito, James reveló sus sentimientos encontrados acerca del sueño final de la escolarización en Norteamérica.

No era ningún impulso asiático para esclavizar, ni una fantasía de Midas de riqueza ilimitada, ni una conspiración de guerra de clases, sino sólo el sueño de un mundo confortable y entretenido para todo el mundo, la cosa más parecida a una bucólica de la era de Augusto que se pueda imaginar, la otra cara de la moneda imperial británica. Los ingleses William Morris y John Ruskin, y quizás Thomas Carlyle, fueron los padrinos literarios de esta sociedad de ensueño por venir, una sociedad ya realizada en unos pocos lugares enclaustrados de la Tierra, en ciertas grandes propiedades inglesas y en el centro matriz del movimiento Chautauqua en el oeste de Nueva York.

En 1899, James se dirigió a una idealista nueva brigada de profesores reclutada en Harvard, hombres y mujeres destinados a infundir espíritu a la nueva institución que entonces surgía rápidamente de las cenizas de las viejas escuelas de barrio, escuelas privadas, escuelas de iglesia y escuelas en el hogar. Habló a los profesores del sueño de que todo el planeta podría ser transformado en un vasto Chautauqua. Antes de que vea lo que tenía que decir, necesita saber un poco sobre Chautauqua.

El 10 de agosto de 1878, John H. Vincent anunció su plan para la formación de un grupo de estudio para emprender un programa de cuatro años de lectura guiada para ciudadanos corrientes. El Círculo Literario y Científico de Chautauqua alistó a doscientas personas en su primera hora, ocho mil cuatrocientas al final del año. Diez años después, la matriculación había crecido a cien mil. Al menos otros tantos habían completado cuatro años o abandonado tras probar. En un increíblemente corto período de tiempo cada comunidad en los Estados Unidos tenía a alguien en ella que estaba siguiendo el programa de lectura de Chautauqua. Uno de sus profesores, Melvil Dewey, desarrolló el Sistema Decimal Dewey aún en uso en las bibliotecas.

La lista de lecturas era ambiciosa. Incluía la Short History of the English People de Green, llena de información específica sobre las tribus anglosajonas originales y sus costumbres en la educación infantil, detalles que se mostraban sorprendentemente similares a los hábitos de los norteamericanos de clase alta. Otro texto de Chautauqua, Old Greek Life de Mahaffey, trataba de la utopía de la Grecia clásica. Mostraba cómo la civilización sólo podía surgir de los lomos de peones de clase inferior. Había muchos motivos para «ir a Chautauqua»: pasión por aprender, impulso social a trabajar juntos, la emoción de la competición en la carrera por sellos honorarios y diplomas que atestiguaban haber completado un curso, el deseo de mantener contacto con los vecinos.

El movimiento Chautauqua dio a los colonos del Medio y Lejano Oeste una herencia común anglogermánica con la que conectarse. Este vehículo fundamental de educación popular ofrecía ilustraciones de principios para guiar a cualquiera en cualquier dificultad. Y en Chautauqua, en el mismo estado Nueva York, en el centro matriz, estaba tomando forma una perfecta joya de utopía racional, cuidada por las mejores y más brillantes mentes de la sociedad norteamericana. La verá en operación poco después con sus fuentes de agua con gas y escuelas secundarias modelo.

La gran fuerza impulsora tras Chautauqua en sus primeros años fue William Rainey Harper, un graduado en Yale con un doctorado en Filología, un hombre experto en antiguo hebreo y destacado masón. Harper atrajo mucha atención en su puesto en Chautauqua. Habría sido un nombre destacado en la escena nacional sólo por eso, incluso sin su conexión con la famosa familia editora.

John Vincent, fundador de Chautauqua, había quedado impresionado por la visión de una universidad mundial descrita en la utopía de Bacon, llena y bullente de clientela internacional y de reputados nombres como profesorado. «Chautauqua exaltará la profesión de maestro hasta que el genio más alto, la más rica erudición y la más amplia representación de hombres y mujeres de la nación estén consagrados a este servicio», dijo una vez Vincent. Esta es su explicación del movimiento:

Esperamos que el trabajo de Chautauqua será despertar tanto interés en el tema de la educación liberal general, que poco a poco en todos los barrios hombres y mujeres jóvenes buscarán medios de obtener esa educación en instituciones establecidas localmente [...] Nuestro diploma, aunque resplandece con treinta y un sellos --escudos, estrellas, octógonos-- no representa mucho en Heidelberg, Oxford o Harvard [...] una curiosidad norteamericana [...] Sería respetado no como otorgante de honor a su portador, sino como indicador de un movimiento popular en favor de educación superior.

Los líderes de Chautauqua sentían que su institución era una estación de paso en el progreso de Norteamérica hacia algo más alto. En 1886 Chautauqua era bien conocido en todas partes. La nueva Universidad de Chicago, de la que se hizo cargo Harper cinco años después, estaba modelada a partir del sistema de Chautauqua, que a su vez estaba conformado según la lógica de la universidad investigadora alemana. Junto con el Colegio de Maestros de Columbia, Yale, Michigan, Wisconsin, Stanford y un pequeño puñado de otras universidades, Chicago proporcionaría el más importante liderazgo visible de la política escolar pública bien entrado el siglo XX.

En la cima de su popularidad, ocho mil localidades norteamericanas se suscribieron al evangelismo programático de Chautauqua. Las muchas carpas ambulantes de Chautauqua que operaban simultáneamente presentaban a los lugareños las últimas ideas en progreso social, concentrándose en superación personal y mejora social mediante Reforma activa con R mayúscula. Pero en la práctica, el entretenimiento a menudo suplantaba los valores educativos porque la tentación de promocionar exageradamente los ingresos de taquilla era insidiosa. Con el tiempo, el Progreso acabó siendo ilustrado de modo espectacular para máximo impacto emocional. Las reacciones de la audiencia eran entonces estudiadas centralmente y se hacían ajustes en los siguientes espectáculos utilizando lo que se había aprendido. Lo que comenzó como educación acabó como show business. Su legado se encuentra por toda la escolarización moderna en su espúreo concepto de Motivación.

La carpa de Chautauqua hizo mucho por homogeneizar a los Estados Unidos como nación. Atrajo la atención de Norteamérica hacia un impresionante número de nuevas ideas y conceptos, siempre desde una perspectiva de management. Lo que parecía imparcial era rara vez así. El problema clásico de la enseñanza ética es cómo evitar influir a una audiencia para que piense de cierta manera con el uso de engaño psicológico. En esto, Chautauqua falló. Pero incluso una lista parcial de progresos atribuidos a Chautauqua es una evidencia impresionante de la influencia de este temprano mecanismo de comunicación de masas, un heraldo de los días por llegar. Tenemos que agradecer a Chautauqua en alguna buena medida por el impuesto de la renta por tramos, por la deschabolización como oportunidad de negocio, juzgados de menores, programa de comida escolar, libros de texto gratuitos, una dieta «equilibrada», buena forma física, las Camp Fire Girls, el movimiento Boy Scout, leyes de pureza alimentaria y mucho, mucho más.

Uno de los discursos más populares de Chautauqua se titulaba Responsabilidades del ciudadano norteamericano. La mayor responsabilidad era escuchar a los líderes nacionales y no oponerse a la marcha del progreso. Las ideas presentadas durante la Semana Chautauqua eran razonadas y discutidas después de que las tiendas se hubieran ido. El tipo más efectivo de adoctrinamiento, de acuerdo a las cartas que pasaban entre los directores de Chautauqua, es siempre «autoimpuesto». En la historia de las ortodoxias norteamericanas, Chautauqua podría parecer una pintoresca clase de villano, pero eso es porque la tecnología pronto ofreció un camino a través de la radio hacia un «Chautauqua» a una escala mayor, hacia un Chautauqua simultáneamente de costa a costa. La radio fue heredera de la carpa de Chautauqua, presentándonos modelos de héroes y familias que imitar, enseñándonos a todos a reír y llorar de la misma manera. El gran sueño de los utópicos, de que todos nos comportemos como abejas en una colmena u hormigas en un hormiguero, se acercó con Chautauqua, más con la radio, aún más con la televisión, y al límite de la realidad universal con la World Wide Web.

El capítulo en la historia del siglo XIX que convirtió a Chautauqua en el heraldo de los nuevos Estados Unidos no es apreciado lo suficientemente bien. Ideas como evolución, tácticas militares alemanas, los jardines de infancia de Fröbel, la filosofía hegeliana, la escolarización de la cuna a la tumba y los sistemas de completa vigilancia médica eran todos molienda para el molino de Chautauqua, nada era demasiado esotérico para ser popularizado para una audiencia de masas por el circuito de la carpa de Chautauqua. Pero por encima de todo, Chautauqua amaba la Ciencia. La Ciencia era el artículo de consumo que vendía más enérgicamente. Una nueva religión para un nuevo día.

La operación Chautauqua había sido atractivamente planificada y empaquetada por un antiguo presidente del Masonic College (Georgia), William Rainey Harper, un hombre al que conoció en la página anterior. El Dr. Harper dejó finalmente Chautauqua para pasar a ser la elección personal de Rockefeller para capitanear una nueva universidad de investigación de estilo alemán que Rockefeller creó en 1890, la Universidad de Chicago. Llegaría a ser finalmente un primer patrocinador importante de John Dewey y otras luminarias de la pedagogía. Pero su primer triunfo aclamado públicamente fue Chautauqua. Poco se conoce de su trabajo en el Masonic College: aparentemente fue lo suficientemente impresionante para atraer sobre sí la atención de los más importantes masones de Norteamérica.

El Chautauqua real no era la versión en forma de tienda peripatética, sino un bello mundo al estilo de Disney: un pueblo en un lago al norte de Nueva York. William James fue a dar una conferencia un día en Chautauqua y «se quedó una semana a maravillarse y aprender», sus palabras exactas de presentación a aquellos profesores a los que habló hacía tiempo en Harvard. Lo que vio en Chautauqua era la realización definitiva de todo el pensamiento razonable compactada en una comunidad que funcionaba perfectamente. Utopía de verdad. Así es como lo recordaba James para sus alumnos y profesores:

Hace algunos años pasé una hermosa semana en el famoso Assembly Grounds, a orillas del lago Chautauqua. Así que uno penetra en aquel sagrado recinto, se siente en una atmósfera de éxito. Discreción e ingenio, inteligencia y bondad, orden y realidad, prosperidad y alegría vagan por los aires. Es una continua excursión seria y estudiosa, a una escala gigantesca.

Hay allí una ciudad de muchos miles de habitantes, espléndidamente dispuesta en el bosque, y provista de medios para satisfacer todas las necesidades elementales y la mayor parte de los deseos superiores más superfluos que pueda experimentar un hombre. Hay una escuela superior de primer orden en completa actividad. Hay música magnífica: un coro de 700 voces, con el auditorio al aire libre más perfecto que haya posiblemente en el mundo.

Hay toda clase de ejercicio atlético, desde navegar a vela y a remo, nadar, ir en bicicleta, hasta jugar a pelota y los más artificiales ejercicios que permite el gimnasio. Hay jardín de infancia y escuelas secundarias modelo. Hay servicios religiosos generales y clubes especiales para diferentes sectas. Hay fuentes de agua con gas funcionando continuamente y conferencias populares diarias a cargo de hombres eminentes. Hay la mejor compañía y sin embargo no hay esfuerzo.

No hay enfermedades, ni pobreza, ni borrachos, ni delitos, ni policía. Hay cultura, cortesía, igualdad, los mejores frutos por los que la humanidad ha luchado, sangrado y se ha esforzado durante siglos en nombre de la civilización. Hay, en pocas palabras, un anticipo de lo que a sociedad humana podría ser si todo estuviera a la luz, sin sufrimiento ni rincones oscuros.

Flotando por los límites de la descripción de James hay la conciencia naciente de que algo está mal, como esas sospechas de algún personaje inocente de un viejo show de Twilight Zone [Dimensión desconocida]: es tan pacífico, tan bonito y limpio... parece... parece Armonía, sólo que tengo esa terrible sensación de que... ¡algo está mal...!

Cuando James dejó Chautauqua se dio cuenta de que había visto desplegada ante él la realización a pequeña escala de todos los ideales por los que se esfuerza una civilización científica: inteligencia, humanidad y orden. ¿Por qué entonces su reacción violentamente hostil? «Menudo alivio --dijo--, estar fuera de allí». «No había sudor --continuaba desdeñosamente--, en este insustancial Chautauqua». «Ni rastro de la eterna batalla de los poderes de la luz con los de la oscuridad». Ningún heroísmo. Ninguna lucha. Ninguna fuerza. Ningún «esfuerzo intenso».

James pedía a gritos ver lucha humana y, en un ataque de pesimismo, dijo a los maestros de escuela:

Una irremediable insipidez está invadiendo el mundo. Burguesía y mediocridad, reuniones sociales de iglesia y convencionalismos de los profesores están tomando el lugar de los antiguos altibajos [...] El ancho mundo, delicioso y pecaminoso como todavía puede por un momento parecer a alguien recién escapado del encierro de Chautauqua, está sin embargo obedeciendo cada vez más a esos ideales que con seguridad lo convertirán al fin en una simple asamblea de Chautauqua a enorme escala.

¿Una simple asamblea de Chautauqua? ¿A todo esto se reduce este monumento a la inteligencia y al orden? Al comprender el total horror del primer parque temático de este país, James parecería haber experimentado una revelación:

Las escamas parecían caer de mis ojos, y una onda de simpatía mayor que cualquier cosa que hubiera sentido antes hacia la vida ordinaria y los hombres ordinarios comenzó a llenar mi alma. Comenzó a parecerme como si la virtud con manos encallecidas y piel sucia fuera la única virtud genuina y lo bastante vital digna de ser tenida en cuenta. Cualquier otra virtud es fingida: ninguna es absolutamente inconsciente y sencilla, sin esperar premio ni reconocimiento como esta. Estos son nuestros soldados, pensé, estos los que nos sostienen, estos son el mismo origen de nuestras vidas.

Cerca del final de su vida, James comprendió finalmente cuál era la trampa, una sobrevaloración dada al orden, inteligencia racional, humanismo y cosas materiales de todo tipo. La busca de un paraíso material es huir de la humanidad hacia una no-vida estéril de mecanismos donde cada cosa es perfecta hasta que se convierte en basura.

A final de 1997, Chautauqua volvió a ser noticia. Un joven que vivía allí había infectado deliberadamente al menos a nueve chicas en el pequeño pueblo de al lado --y quizás hasta veintiocho-- con SIDA. Eligió a la mayoría de sus víctimas en la escuela secundaria local, en busca de, como dijo, «jóvenes damas [...] de temperamento temerario». Un monstruo como este depredador del SIDA pudo aparecer en cualquier sitio, naturalmente, pero encontré irónico que hubiera descubierto a la muy protegida aldea al lado del lago con sus pintorescos edificios decimonónicos y antiguas tiendas, a este lugar idílico donde tantas de las verdaderas creencias de racionalidad hicieron su debut norteamericano, como el lugar para encontrar mujeres no preparadas para conocer los caminos del corazón humano. «De temperamento temerario», como lo expresa en jerga instructivamente sociológica.

¿Más de cien años del mejor pensamiento racional e innovación que el mundo occidental puede reunir no tuvieron más impacto en el área de Chautauqua que el que se cebaran en sus hijos? Un columnista de un periódico de Nueva York, al escribir sobre la tragedia, sostuvo que la distribución de preservativos podría haber ayudado, aparentemente inconsciente de que la legitimación de los dispositivos de control de natalidad en los Estados Unidos era simplemente uno de los muchos logros reivindicados por Chautauqua.

Otras observaciones que hizo el periodista eran más relevantes acerca de por qué necesitamos ser escépticos sobre si algún tipo de escolarización --y la de Chautauqua era la mejor que el ingenio humano podía ofrecer-- es suficiente para hacer buena gente o buenos lugares:

La zona tiene las dificultades y problemas de cualquier sitio. Sus niños están solos en una muchedumbre, mal entendidos, alejados de la comprensión y buscando afecto, como dice la canción, en todos los sitios equivocados [...] Familias antes intactas, vecindarios fuertemente entretejidos y madres que estaban en casa imponían las normas de la comunidad. Ahora el mundo es el centro comercial, las madres trabajan, y la comunidad existe en la televisión diaria y foros de chat online.


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© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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