4 La escuela como religión
Nada acerca de la escuela es lo que parece, ni siquiera el aburrimiento. Mostrar lo que quiero decir es la tarea de este largo ensayo. Mi libro representa un intento de ordenar mis propios pensamientos para resolver la cuestión de lo que significaban en total para mí cincuenta años de confinamiento en una aula (como estudiante y como profesor). Encontrará aquí mucha historia especulativa. Esta es una investigación personal de por qué la escuela es un lugar peligroso. No es tanto que haya alguien allí para hacer daño a los niños: la mayoría de los que estamos asociados a la institución estamos pegados como moscas en la misma telaraña en que están sus hijos. Nos agitamos frenéticamente para ocultar nuestro pánico, pero tenemos poco poder para ayudar a las moscas más pequeñas.
Mirando atrás en una carrera de treinta años de profesor llena de recompensas y premios, de alguna forma no podía creer del todo que había gastado mi tiempo terrenal institucionalizado. No puedo creer en absoluto que se permita que la escolarización centralizada exista como una gigantesca máquina de adoctrinamiento y de ordenación, robando sus hijos a la gente. ¿Sucedió realmente? ¿Fue esta mi vida? Dios me ayude.
La escuela es una religión. Sin la comprensión del aspecto de santa misión seguro que malinterpretará lo que tiene lugar como un resultado de la estupidez humana, de la corrupción, o incluso de la lucha de clases. Todas están presentes en la ecuación, sólo que ninguna de ellas importa mucho: incluso sin ellas la escuela se movería en la misma dirección. La afirmación de 1897 del Credo pedagógico de Dewey da una pista del espíritu de los tiempos:
Todo profesor debería darse cuenta de que es un servidor social puesto aparte para el mantenimiento del adecuado orden social y para asegurar el correcto crecimiento social. De esta forma el maestro es siempre el profeta del verdadero Dios y el guía al verdadero Reino de los Cielos.
¿Cuál es el «adecuado» orden social? ¿Qué aspecto tiene el «correcto» crecimiento social? Si no lo sabe es usted como yo; no como John Dewey, que sí lo sabía; o como los Rockefeller, sus patrones, que también lo sabían.
De alguna manera, tras la confusión industrial que siguió a la Guerra Civil, soñadores y hombres poderosos adquirieron la certeza de qué tipo de orden social necesitaban los Estados Unidos, un orden social muy parecido al sistema británico del que habíamos escapado cien años antes. Esa toma de conciencia no surgió como resultado de un debate público, como debería haber sido en una democracia, sino como destilado de la discusión privada. Sus ideas contradecían los estatutos originales de Norteamérica, pero eso no les perturbaba. Tenían un formidable objetivo en mente: la racionalización de todo. El fin de la historia impredecible, su transformación en orden fiable.
Desde mediados de siglo en adelante se pusieron en juego ciertos planes utópicos para retardar la madurez en interés de un bien mayor, siguiendo más o menos el proyecto que estableció Rousseau en el libro Emilio. Al menos retóricamente. El primer objetivo, que tenía que ser alcanzado en fases, era una sociedad dirigida y ordenada científicamente, una sociedad en que los mejores tomarían las decisiones, desembarazados de la tradición democrática. Tras eso, la cría de seres humanos, el destino evolutivo de la especie, sería posible. La receta era la escolarización obligatoria, formal, institucionalizada y universal, que extendiera la dependencia de los jóvenes bien adentro de lo que tradicionalmente había sido temprana vida adulta. Se impediría a los individuos comenzar trabajo importante hasta una edad relativamente avanzada. La madurez tenía que ser retardada.
Durante el período posterior a la Guerra Civil se alargó la niñez unos cuatro años. Más tarde se creó una etiqueta para describir niños muy viejos. Se llamó adolescencia, un fenómeno hasta entonces desconocido para la raza humana. La infantilización de los jóvenes no se detuvo al principio del siglo XX: se promulgaron leyes de trabajo infantil para cubrir cada vez más tipos de trabajo y la edad de abandonar la escuela se hizo cada vez mayor. La mayor victoria de este proyecto utópico fue hacer de la escuela la única vía de acceso a ciertas ocupaciones. La intención final era atraer todo el trabajo a la red de la escuela. Hacia los años 50 no era extraño encontrar licenciados bien entrados en la treintena haciendo recados, esperando a comenzar sus vidas.
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte