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Historia secreta del sistema educativo 

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Capítulo 3 Ciego en Gaza

    Los hechos eran monstruosos, pero el agente [Adolf Eichman] [...] era bastante ordinario, corriente, ni demoníaco ni monstruoso. No había signo en él de firmes convicciones ideológicas o de motivos malignos específicos, y la única característica notable que se podía detectar en su comportamiento pasado, así como en su comportamiento durante el juicio [...] era algo completamente negativo: no era estupidez, sino inconsciencia [...] ¿No podría estar el problema del bien y el mal, nuestra facultad para distinguir lo bueno de lo malo, estar conectada con nuestra facultad de pensar?

    HANNAH ARENDT, La vida del espíritu


1 La edición escolar

SIEMPRE supe que los libros escolares y los libros verdaderos eran diferentes. La mayoría de los niños lo saben. Pero no tuve una idea precisa del fundamento particular para mi prejuicio hasta que un día, cansado del ingenuo currículum de inglés de secundaria, decidí enseñar Moby Dick a las clases de octavo curso. Un amable director ayudante coló una edición escolar en las compras de libros y fuimos capaces de levar anclas el otoño siguiente.

¡Vaya libro! Ishmael, el joven marinero que cuenta el relato de Melville, es medio huérfano por decreto del destino, sentenciado a no conocer nunca más un hogar natural. Pero Ahab no es una víctima accidental. Ha querido conscientemente su propio exilio de una joven esposa e hijo, de los frutos de su riqueza y de la misma tierra para perseguir su vocación de desquitarse. Vengarse del orden natural es lo que lo impulsa.

La guerra contra Dios y la familia. Para mí, eso define la esencia de la norteamericanidad. No es casualidad que las tres novelas clásicas de Norteamérica --Moby Dick, La letra escarlata y Huckleberry Finn-- traten cada una de familias ambiguas o que cada una surja de una época no alejada por un lado u otro de la Guerra Civil. Norteamérica había sido un infierno para las familias, como sabían tanto Melville, Hawthorne o Twain. A medio camino de nuestro primer siglo completo como nación, la casi universal experiencia norteamericana de no tener hogar encontró su voz. Ishmael es medio huérfano; Ahab, un padre y marido ausente; los arponeros, hombres de color expatriados; Pearl es una bastarda; Hester, una adúltera; el reverendo Dimmesdale, un depredador sexual y padre fugitivo; Huck Finn, de facto, un adoptado; Jim, un esclavo africano dos veces desarraigado. Al pensar en lo que nuestras escuelas se transformaron necesitamos recordar cuántos entre nosotros no tienen hogar. Anhelamos hogares que jamás podemos tener mientras tengamos instituciones como la escuela, la televisión, la gran empresa y el gobierno in loco parentis.

Patricia Lines, del Departamento de Educación de los Estados Unidos, al tratar de discutir honradamente qué hacen en realidad la mayoría de homeschoolers, declaró finalmente que parece que estén estrechamente envueltos en un sentimiento de «intenso interés por la vida de la comunidad». Por encima de cualquier otra cosa, encontró lealtad en la trama del tejido familiar:

Los homeschoolers son tremendamente leales como miembros de la familia, desconfían de la televisión y otras influencias menos íntimas. Comen como una familia, socializan como una familia, van a la iglesia como una familia, llegan a ser miembros de una [...] comunidad extendida de homeschoolers.

Las grandes novelas norteamericanas tratan de individuos separados de la familia. Lo más cerca que llegan para satisfacer su anhelo universal es una lucha por encontrar sustitutos, como la extraña conexión entre Pearl, Hester y el bosque oscuro. Los más fascinantes narradores de Norteamérica se concentran en la vacuidad de la vida pública norteamericana. No tenemos sitio adonde ir al acabar el trabajo. Extinguida hace tiempo nuestra vida interior, nuestro trabajo público en rehacer el mundo nunca puede realizarse porque no tenemos deberes personales. No hay consuelo institucional para esta enfermedad. En nuestra ira por nuestro destino solitario, ponemos cerco al santuario familiar allá donde sobreviva, como Ahab puso cerco a los mares por su ballena maldita.

Por esta y otras razones hace tiempo olvidadas, decidí enseñar Moby Dick a mis alumnos de octavo curso. Incluyendo a los tontos. Descubrí inmediatamente que la ballena blanca era simplemente demasiado grande para interrupciones del timbre cada cuarenta y cinco minutos: no podía dividirla cómodamente para que encajara en el horario. El libro de Melville es demasiado vasto ya sólo para decir cuál es realmente el modo correcto de enseñarlo. Habla a cada lector privadamente. Batallar con él pedía tiempo elástico, no las interrupciones fijas de timbre del instituto. Es más, ofrecía tantas elecciones de objetivos --algunos estéticos, algunos históricos, algunos sociales, algunos filosóficos, algunos teológicos, algunos dramáticos, algunos económicos--, que dirigir la atención de una aula llena de jóvenes hacia cualquier aspecto individual parecía premeditado y arbitrario.

Poco después de que comenzara a enseñar Moby Dick me di cuenta de que la edición escolar no era un libro real, sino un tipo de adoctrinamiento disfrazado que proporcionaba todas las preguntas, una adición científica al texto original diseñada para hacer al libro a prueba de profesores y de alumnos. Incluso si usted lee las preguntas (dejemos aparte responderlas) no habría nunca más oportunidad para un intercambio privado entre usted y Melville: el editor invisible se habría adelantado.

Los editores de la edición escolar proporcionaron un conjunto de preguntas prefabricadas y más de cien resúmenes capítulo a capítulo e interpretaciones por su propia cuenta. Muchos profesores consideran esto un regalo: hace la tarea de pensar por ellos. Si yo no mandaba esas preguntas, los chicos querían saber por qué no. Sus padres querían saber por qué no. A menos que todo el mundo repitiera debidamente la línea oficial de partido establecida por el editor del libro, los niños que solían sacar buenas notas se asustaban y enfadaban.

El texto escolar de Moby Dick había sido desnaturalizado sutilmente: peor que inútil, era de hecho peligroso. Por eso lo deseché y compré un conjunto de textos no amañados con mi propio dinero. La edición escolar de Moby Dick planteaba todas las preguntas debidas, así que tuve que tirarlo. Los libros de verdad no hacen eso. Los libros de verdad exigen a la gente que participe activamente planteando sus propias preguntas. Los libros que muestran las mejores preguntas que plantear no son simplemente estúpidos, dañan a la mente bajo el disfraz de ayudarla: exactamente lo que hacen los exámenes estandarizados. Los libros de verdad, a diferencia de los libros escolares, no pueden ser estandarizados. Son excéntricos: ningún libro encaja en todo el mundo.

Si piensa sobre ello, la gente escolarizada, como los libros escolares, es muy parecida. Algunos encuentran eso deseable por razones económicas. La disciplina que organiza nuestra economía y nuestra política deriva de ejercicios matemáticos e interpretativos, la exactitud de los cuales depende de que los clientes sean muy parecidos y muy predecibles. La gente que lee demasiados libros se vuelve estrafalaria. No podemos tener demasiada excentricidad o ella nos llevaría a la ruina. El estudio de mercado depende de que las personas se comporten como si fueran iguales. No importa en realidad si lo son o no.

Un modo de ver la diferencia entre los libros de texto y los libros reales como Moby Dick es examinar los diferentes procedimientos que diferencian a los bibliotecarios, los encargados de los libros reales, de los maestros, los encargados de los libros de texto. Para empezar, las bibliotecas son normalmente confortables, limpias y silenciosas. Son lugares ordenados donde se puede leer realmente en vez de simplemente fingir estar leyendo.

Por alguna razón las bibliotecas nunca están segregadas por edades y tampoco osan segregar a los lectores mediante cuestionables tests de habilidad más de lo que segregan las granjas, los bosques o los océanos. El bibliotecario no me dice qué leer, no me dice qué secuencia de lectura debo seguir, no evalúa mi lectura. El bibliotecario confía en que yo tenga propósito propio que valga la pena. Aprecio eso y a cambio confío en la biblioteca.

Otras diferencias significativas entre bibliotecas y escuelas: el bibliotecario me deja plantear mis propias preguntas y me ayuda cuando quiero ayuda, no cuando decide que la necesito. Si tengo ganas de leer todo el día, eso está bien para el bibliotecario, que no me obliga a parar a intervalos tocando un timbre en mi oreja. El bibliotecario tiene su nariz fuera de mi casa. No envía cartas a mi familia, ni da órdenes sobre cómo debo usar mi tiempo de lectura en casa.

En la biblioteca no hay favoritismos: es un lugar democrático como es propio en democracia. Si los libros que quiero están disponibles, los consigo, incluso si esa decisión priva a alguien más dotado y con más talento que yo. El bibliotecario nunca me humilla poniendo listas ordenadas de buenos lectores. Asume que la buena lectura es su propia recompensa y no necesita ser puesta como perfecto ejemplo para los malos lectores. Una de las más curiosas diferencias entre una biblioteca y una escuela es que casi nunca se ve un niño comportándose mal en una biblioteca.

El bibliotecario nunca hace predicciones sobre mi futuro basado en mis hábitos pasados de lectura. Tolera la lectura excéntrica porque se da cuenta de que los hombres y mujeres libres son a menudo muy excéntricos. Finalmente, la biblioteca tiene libros de verdad, no libros de texto. Sé que el Moby Dick que encuentro en la biblioteca no tendrá preguntas al final de cada capítulo ni estará expurgado científicamente. Los libros de la biblioteca no están escritos por plumas colectivas. Al menos todavía no.

Los libros reales se ajustan al currículum privado de cada autor, no al currículum invisible de una burocracia corporativa. Los libros reales nos transportan a un reino interior de soledad y de reflexión mental no controlada de una forma que los libros de texto y los programas de ordenador no pueden hacer. Si estos no estuvieran desprovistos de esa capacidad, harían peligrar las rutinas escolares dispuestas para controlar el comportamiento. Los libros reales se ajustan al currículum privado de los autores particulares, no a las demandas de la burocracia.


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© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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