Epílogo
Sólo una nación se negó a aceptar la psicología de la sumisión. Los chechenos nunca pretendieron agradar o congraciarse con los jefes. Su actitud era siempre altiva y de hecho abiertamente hostil [...] Y aquí está lo extraordinario: todo el mundo les tenía miedo. Nadie pudo impedirles que vivieran como lo hacían. El régimen que había gobernado el país durante treinta años no pudo obligarlos a respetar sus leyes.
La historia de los hmong proporciona varias lecciones que cualquiera
que trate con ellos haría bien en recordar. Entre las más obvias están que
a los hmong no les gusta cumplir órdenes; que no les gusta perder; que antes
huirán, lucharán o morirán antes que rendirse; que no se les intimida con la
superioridad numérica; que raramente se les convence de que las costumbres de
otras culturas, incluso aquellas más poderosas que la suya propia, son
superiores; que son capaces de enfadarse mucho [...] Los que han tratado de
derrotar, engañar, gobernar, regular, obligar, asimilar o
tratar con condescendencia a los hmong han sentido, en general, una intensa
aversión por ellos.
Si quieren tener una guerra, que comience aquí.
milicia norteamericana contra los británicos.
Dicho al amanecer en Lexington,
Massachusetts, el 19 de abril de 1775
VEO dos fantasmas que salen de la niebla matutina en el río que nos lleva a un verde futuro, y cada espectro me hace señas para que lo siga por un camino diferente. Uno que reconozco por su porte arrogante es el espíritu imperial del general de división Edward Braddock, que nos llama a todos nosotros a seguirlo hasta el final de la historia, justo al otro lado del río.
Braddock es un hombre audaz, orgulloso, indiferente al miedo. Desdeña el peligro, porque para él todas las respuestas son ya conocidas. Exige ser nuestro pastor en esta última regresión hacia el regio destino al que escapamos hace tres duraciones de una vida. Si vamos con él, todo el mundo seguirá, y el Imperio británico reconectado será invencible. Venid a casa, dice Braddock, sois niños que no podéis cuidar adecuadamente de vosotros mismos. Os daremos un lugar seguro en la pirámide en forma de curva de campana del Estado. Juntos seremos testigos de la evolución final de las razas favorecidas, aunque muchos serán incapaces de participar en el triunfo. Con todo, habrá para ellos la satisfacción de servir a los afortunados que han heredado la tierra al final de la historia.
El otro fantasma también es familiar. Un virginiano alto y musculoso, tan convincente como Braddock pero sin su arrogancia, un hombre vestido en los marrones y verdes de la naturaleza, unas pistolas a su cintura, un caballo al que llama Blueskin. Está recto como una flecha. Su poderosa presencia en combinación con los delicados pies de un bailarín lo señalan inconfundiblemente como el comandante George Washington.
De muchacho aprendió las cosas difíciles: deber, piedad, valor, confianza en uno mismo, a tener ideas propias, a negarse a aceptar la psicología de la sumisión. Su cabeza estaba amueblada de Catón, Fielding, Euclides, Newton, agrimensura, César, Tácito, los Testamentos, equitación, baile, cómo contar un chiste subido de tono, cómo consolar al débil, cómo apuntalar al fuerte, cómo soportar privaciones, cómo dar a los hombres una razón para morir o una para vivir.
Creo que el mayor error de juicio de Washington fue recordar al ejército de Braddock como la cosa más brillante que sus ojos jamás habían visto, porque eso sin duda tiene que haber sido su propio reflejo en el espejo. En ese primer momento después de que rehusara convertirse en el rey Jorge I de Norteamérica, la brillantez nunca vivió dentro de un vehículo humano más brillante. Tras la personalidad heroica de Washington había un héroe real. Norteamérica es su legado para nosotros. A causa de Washington no debemos nada a imperios, ni siquiera al que se construye hoy en Norteamérica, que busca un reencuentro con Gran Bretaña para dominar los asuntos del mundo. El pueblo norteamericano debe a los imperios el mismo grosero saludo que dimos a Gran Bretaña en Bunker Hill, Saratoga y Yorktown.
John Pike, un analista de defensa en globalsecurity.org, un think-tank político con sede en Alexandria, Virginia, fue citado sobre esta creadora de imperios en Los Angeles Times. Tras fijarse en las nuevas expansiones del Pentágono en Asia Central y Europa del Este, observó que el ejército de los Estados Unidos abarca el planeta de una forma sin precedentes en la historia. «Si quiere hablar de imperios en que no se pone nunca el sol, ya sabe, los británicos no tuvieron nada comparado con esto», dijo Pike.
Es hora de recuperar nuestras escuelas. Si quieren tener una guerra, que
comience ahora.
John Taylor Gatto
Oxford, Nueva York
4 de julio de 2003
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© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte