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13 Cómo llegó la escolarización hindú a Norteamérica (II)
Andrew Bell, el caballero en cuestión, era descrito en viejas ediciones de la Britannica como «frío, sutil, interesado en sí mismo». No habrá sido quizás el clérigo más pío. Quizás como su contemporáneo, el pastor Malthus, no creía en Dios en absoluto, sino que como joven que seguía a la bandera estaba pendiente de la gran oportunidad. Bell encontró su oportunidad cuando estudió la estructura que organizaron los hindúes para adiestrar a las castas inferiores, aproximadamente el 95 por ciento de la población india. Podría servir bien a una Gran Bretaña que había conducido a su campesinado a la ruina a fin de crear un proletariado industrial para la industria dirigida por el carbón.
Bell estaba fascinado por la naturaleza intencionada de la escolarización hindú. Parecía eminentemente compatible con los fines de la Iglesia estatal inglesa. Así como muchos otros jóvenes ambiciosos han hecho a lo largo de la historia cuando tropiezan con una novedad poco conocida, la robó. Antes de que volvamos a los detalles del método hindú y de cómo el mismo Bell fue eclipsado por un joven cuáquero ambicioso que lo derrotó en el mercado de la escuela con una versión operativa de la idea de Bell, debería entender algo sobre el hinduismo.
Tras la conquista militar británica de la India (en realidad una conquista comercial) nada excitaba más, tanto a la mente popular como a la cultivada, que la religión hindú con sus extraños (para los ojos occidentales) ídolos y rituales. El examen cuidadoso de la literatura en sánscrito parecía probar que había existido algún tipo de conexión biológica y social entre los arios conquistadores, de quienes descendían los hindúes, y los anglosajones, que podría explicar similitudes teológicas entre el hinduismo y el anglicanismo. Las posibilidades sugeridas por esta conexión proporcionaron finalmente un poderoso estímulo psicológico para la creación en los Estados Unidos de la escolarización basada en clases. Por supuesto tal desarrollo quedaba todavía lejos.
El sistema de castas del hinduismo o brahmanismo es el sistema anglicano de clases llevado al límite de la imaginación. Una clasificación de cinco categorías (con cada categoría subdividida a su vez) reparte a la gente en un sistema similar al que se encuentra en las escuelas modernas. El prestigio y la autoridad se reservan para las tres primeras castas, aunque estas sólo comprenden el 5 por ciento del total. Se reserva servilismo inevitable a la casta inferior, un grupo de parias fuera de la consideración seria. En el sistema hindú se puede caer en una casta inferior, pero no se puede subir.
Cuando los británicos comenzaron a administrar la India, los hindúes representaban el 70 por ciento de una población bien por encima de los cien millones. Compare esto con una Norteamérica de quizás tres millones. En la región del norte, el héroe británico Robert Clive era presidente de Bengala, donde la gente era visiblemente de piel más clara que el otro grupo indio de importancia, con características no diferentes de las de los británicos.
Así eran las castas hindúes:
El 5 por ciento superior se dividía en tres grupos de «nacidos dos veces»:
- Brahmanes: sacerdotes y los instruidos para dedicarse a la ley, medicina,
enseñanza y otras ocupaciones profesionales.
- La casta guerrera y administrativa.
- La casta industrial, que incluiría los agricultores y grupos mercantiles.
El 95 por ciento inferior se dividía en:
- La casta de sirvientes.
- Los parias, llamados intocables.
Todo el propósito de la escolarización hindú era preservar el sistema de castas. Sólo el afortunado 5 por ciento recibía una educación que daba perspectiva del todo, una clave para la comprensión. En la práctica, a los guerreros, administradores y la mayoría de los otros jefes se les daba ideas muy diluidas de los mecanismos directores de la cultura, de manera que la política pudiera ser mantenida en manos de los brahmanes. Pero, ¿y qué de los otros, de las «masas», como la tradición socialista occidental llegaría a llamar en un tributo que se hacía eco de la idea de clase hindú? La respuesta a esta pregunta vital lanzó la escolarización en factoría en Occidente.
Lo cual nos lleva de nuevo a Andrew Bell. Bell se dio cuenta de que en algunos sitios el hinduismo había creado una institución de escolarización en masa para los hijos de la gente corriente, que inculcaba un currículum de autoabnegación y de voluntario servilismo. En esos lugares cientos de niños eran reunidos en una única habitación gigantesca, divididos en falanges de diez bajo la dirección de alumnos jefes con todo el conjunto dirigido por un brahmán. Al modo romano, pedagogos pagados entrenaban a los subordinados en la memorización e imitación de actitudes deseadas y estos subordinados entrenaban al resto. Aquí había una tecnología social venida del cielo para las fábricas y minas de Gran Bretaña, todavía incómodamente saturada de leyendas de viejos pequeños propietarios sobre libertad y dignidad, que no poseían las perfectas actitudes proletarias que la producción en masa debe tener para una máxima eficiencia. Nadie en los primeros años de dominio británico había hecho ninguna conexión entre esta práctica hindú y las urgentes necesidades de un futuro industrial. Nadie, esto es, hasta que un escocés de treinta y cuatro años llegó a la India como capellán militar.
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© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte