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Historia secreta del sistema educativo 

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11 Contraataque a la democracia

Para los criterios de la época, Norteamérica ya era una utopía. Sin pobreza extrema, sin enemigos naturales peligrosos, sin tradición indígena que fuera más allá de un espíritu general de optimismo exuberante, una creencia de que la tierra había sido tocada por el destino, una convicción de que los norteamericanos podían lograr cualquier cosa. John Jay escribía a Jefferson en 1787: «La empresa de nuestra nación es inconcebible». Inconcebible, esto es, para los británicos, alemanes y franceses, que estaban acostumbrados a sujetar a la población común con correa. Nuestro gobierno colonial era creación de la Corona, por supuesto, pero pronto una idea fantástica comenzó a circular, una creencia de que la gente podía crear y destruir gobiernos a su voluntad.

La pizarra limpia de la nueva república la hacía vulnerable al pensamiento utópico avanzado. Mientras en Inglaterra y Alemania la tentación era grande para desarrollar y usar la maquinaria social oriental para dirigir la masa de población como un instrumento de la voluntad de la élite, en Norteamérica no existía orden hereditario ni dirección tradicional. Éramos una nación llena de hombres y mujeres instruidos y autosuficientes, la vasta mayoría con un medio de vida autosuficiente o ambiciones por conseguir uno. Los norteamericanos eran inventores y técnicos sin precedentes, empresarios libres de controles tradicionales, soñadores, embaucadores, artistas de la estafa. Nunca hubo un caldo social parecido.

Las dificultades prácticas que aquellas circunstancias ponían al gobierno utópico habrían sido insuperables si no fuera por una aparentemente extraña fuente de entusiasmo hacia tal esfuerzo en la comunidad empresarial. El misterio se puede resolver considerando la espantosa terra incognita que era la promesa de democracia para los hombres acaudalados. Ver a hombres como Sam Adams o Tom Paine como directores del futuro era como ver el cañón de una arma de fuego, al menos para la gente de medios. Así los hombres que iniciaron la Revolución fueron desplazados cuidadosamente por los hombres que la finalizaron.

Ya en 1784, se hizo un esfuerzo concertado por la comunidad empresarial de Boston para derrocar las asambleas de municipio, sustituyéndolas por una corporación dirigida profesionalmente. Joseph Barrell, un comerciante adinerado, afirmaba que la seguridad del ciudadano se podía mejorar de esta manera, y además, «un gran número de caballeros respetables» lo deseaban. Timothy Dwight, presidente de Yale largo tiempo después de 1795 y pionero de la educación moderna (que recomendaba la ciencia como centro del currículum[*]), mantuvo una gran batalla contra el avance de la democracia. La democracia difícilmente era el tipo de experimento al que los hombres de negocios habrían sometido voluntariamente sus vidas y fortunas por mucho tiempo.

Esta tensión explica mucho de cómo aconteció nuestro romance con la escolarización obligatoria: era una forma de detener la democracia naciente como había hecho Alemania. Se utilizó mucho ingenio en este problema durante el inicio de la república, particularmente por las sectas cristianas llamadas liberales como unitarios y universalistas. Si lee las reliquias de sus debates conservados por selectos liceos, encuentros privados que se registraban en actas, periódicos, colecciones de conversaciones de salón y discusiones de club, verá que lo que estaba tomando forma era un intento de cuadrar el círculo, de dar la apariencia de que la nueva sociedad era fiel a la promesa de su fundación, mientras al mismo tiempo se pudiera establecer una sólida base para que la gente de mérito dirigiera las cosas. Una vez más, el espíritu de Esparta estaba vivo con sus éforos y su dependencia de la instrucción obligatoria. En discusiones, discursos, editoriales, legislación experimental, cartas, agendas y cualquier otra parte, la antigua idea de escolarización masiva forzada era invocada y se meditaba sobre ella.


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© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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