Samuel Johnson introdujo una nota en su diario personal hace varios siglos acerca del poderoso efecto que leer Hamlet tenía sobre él. Tenía entonces nueve años. Abraham Cowley escribió sobre su «placer infinito» con Faerie Queene de Spenser, un poema épico que trata alegóricamente valores morales en estrofas de nueve versos que nunca se dieron antes de Spenser (y escasamente desde entonces). Habló de este placer con sus Stories of Knights and Giants and Monsters and Brave Houses. Cowley tenía doce años entonces. No podía haber sido una lectura fácil en 1630 para nadie, y está más allá de la capacidad de muchos licenciados de universidades de élite de hoy. ¿Que sucedió? La respuesta es que sucedió Dick and Jane: «Frank tenía un perro; su nombre era Spot». Eso sucedió.

© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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