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Historia secreta del sistema educativo 

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10 La ilusión del castigo

Lo que dice la espiritualidad occidental es paradójico: antes que evitar esos apuros, nos pide que los aceptemos. Enseñaba la respuesta no intuitiva de que la aceptación voluntaria de esas cargas era el único camino para una existencia buena y completa, el único camino a la paz interior. Inclinando tu cabeza en señal de obediencia, será después elevada fuerte, valiente, indómita y sabia. Ahora déjeme revisar la lista de castigos desde este punto de vista.

Sobre el trabajo, la voz religiosa dice que el trabajo es la única vía al auténtico respeto por uno mismo. El trabajo desarrolla la independencia, confianza en uno mismo, ingenio. El trabajo mismo es un valor, por encima de la paga, por encima de la alabanza, por encima de los logros. El trabajo produce una recompensa espiritual desconocida para los programas de refuerzo de los psicólogos conductistas como B. F. Skinner; pero si lo aborda con gusto, sin resentimiento ni acción de eludirlo, ya se esté cavando una zanja o construyendo un rascacielos, se encontrará la clave para uno mismo en el trabajo. Si la aversión secular al trabajo es una cosa que ser racionalizada como hacen las escuelas, que exigen sólo mínimo esfuerzo de los niños, se crea un horroroso problema para nuestra sociedad, un problema que hasta ahora se ha mostrado incurable. Me refiero a las inquietudes psicológicas, sociales y espirituales que surgen cuando la gente no tiene trabajo útil que hacer. El falso trabajo, no importa lo bien pagado o alabado que sea, causa distorsiones emocionales tan grandes que los mayores esfuerzos de nuestra civilización pronto se dirigirán a resolverlos, sin pistas de ninguna respuesta a la vista.

En la economía que hemos permitido evolucionar, el auténtico dilema político en todas partes es mantener a la gente ocupada. Se tienen que inventar empleos por agencias del gobierno y corporaciones. Ambas emplean a millones y millones de personas para las que no tienen utilidad real. Es un secreto interno entre la dirección al más alto nivel de que si es necesario hacer subir el valor de las acciones, esto se puede manipular eliminando miles de empleos «inútiles». Eso se hace regularmente y, diría yo, cínicamente.

A los hombres y mujeres jóvenes en sus años más brillantes y más llenos de energía se les impide trabajar o ser parte de la sociedad general. Esto se hace para impedir que agraven esta delicada situación laboral, ya trabajando con demasiado entusiasmo, como los niños son propensos a hacer, o creando su propio trabajo, lo que podría provocar conmociones por toda la economía. Esta violación del mandato de trabajar impuesto por la espiritualidad occidental nos ha hecho retroceder a un rincón del que ninguna autoridad tiene idea alguna de cómo sacarnos. No podemos permitirnos que demasiados niños aprendan realmente a trabajar, como hacen los niños amish, por miedo a que descubran su gran secreto: el trabajo no es una maldición, sino una salvación.

Sobre la segunda pena, el dolor, la espiritualidad occidental ha considerado el dolor como un amigo porque obliga a desplazar la atención de las cosas de este mundo y pone a uno mismo de lleno en el centro del Universo. El dolor y la aflicción en todas las formas son modos en que aprendemos autocontrol (entre otras valiosas lecciones), pero el canto de sirena de la sensualidad nos atrae a cortejar satisfacciones físicas y despreciar el dolor como algo que echa a perder el placer. La espiritualidad occidental enseña que el dolor es un camino al autoconocimiento, y el autoconocimiento un camino para confiar en uno mismo. Sin confianza, no se puede querer a uno mismo; sin quererse a uno mismo, ¿cómo se puede uno sentir capaz de dar amor?

Sobre la tercera pena, el bien y el mal, la espiritualidad occidental exige que uno escriba su propio guión a través del mundo. En un ser espiritual, todo tiene carga moral, nada es neutro. La elección es una carga diaria, pero que convierte literalmente todo en un gran trato.

Oí hablar recientemente acerca de una mujer que contó a su madre algo sobre una aventura que llevaba a cabo abiertamente, a pesar de la protesta de su marido y completo conocimiento de su hija de seis años. «No es algo importante». Eso es lo que dijo a su madre. Pero si la infidelidad, divorcio y la destrucción de la inocencia de un hijo no es algo importante, ¿qué podría serlo entonces? Al intensificar nuestro sentido moral, sentimos constantemente la alegría de estar vivos en un universo donde todo es algo importante.

Para obtener mucho de una existencia, hay que sacar tantas elecciones como se pueda del modo preprogramado y ponerlas bajo el mando consciente de la propia voluntad. Cuanto más llena sea la existencia que se busca, menos puede ser cualquier cosa automática, como si se fuera sólo una pieza de maquinaria. Y como cada elección tiene dimensión moral, se inclinará hacia uno u otro polo de la dicotomía clásica: bien y mal.

A pesar de las circunstancias atenuantes --y son legión-- el registro acumulado de nuestras elecciones nos marca como personas respetables o no. Incluso si nadie más se entera de cómo están las cuentas, en lo profundo de usted el balance en marcha afectará a su capacidad de confiar, de amar, de ganar paz y sabiduría de las relaciones y de la comunidad.

Y finalmente, vejez y muerte. En la tradición espiritual occidental, que surgió de una creencia en el pecado original, el foco se situaba primariamente en la lección de que nada en este mundo es más que ilusión. Esta es sólo una fase en un viaje más largo que no comprendemos completamente. Enamorarse de la propia belleza física o de la propia riqueza, salud o poder para experimentar buenas sensaciones es engañarse a uno mismo porque nos serán arrebatadas. Una tía mía de noventa y cuatro años con un doctorado por la Universidad de Chicago, y una mujer que quiero muchísimo, me dijo con lágrimas en los ojos tras la muerte de su marido, que la había dejado en circunstancias confortables: «No te dejan ganar. No hay modo de vencer».

Había vivido su vida en el campo de la ciencia, observando honorablemente todas sus reglas de racionalidad, pero a la muerte de él, la ciencia era inútil para ella. La tradición espiritual occidental contestaría: «Por supuesto que puedes vencer. Todo el mundo puede vencer. Y si piensas que no puedes, entonces estás jugando al juego equivocado». Lo único que da a nuestro tiempo terrenal cualquier significado más profundo es que nada de esto durará. Sólo esa temporalidad da a nuestras relaciones alguna perentoriedad. Si usted fuera indestructible, ¡menuda maldición! ¿cómo podría seguramente importar si hizo algo hoy o el año que viene o en los próximos cien años, si aprendió algo, si amó a alguien? Siempre habría tiempo para cualquier cosa y para todo. ¿Cuál podría ser la gran importancia de cualquier cosa?

Todo el mundo ha conocido la experiencia de haber tenido un exceso de caramelo, de compañía, o incluso de dinero, de modo que ninguna compra individual envuelve una elección real porque la elección real siempre cierra la puerta a otras elecciones. Sé que querríamos tener cantidades ilimitadas de dinero, pero la verdad es que demasiado dinero acaba con nuestro placer de elegir, porque entonces podemos elegir todo. Eso es lo que el emperador romano Marco Aurelio descubrió por sí mismo en sus reflexiones sobre lo realmente importante: las Meditaciones, uno de los grandes clásicos en la historia occidental. Descubrió que ninguna de las cosas más importantes estaba en venta. Si no cree que un emperador pudiera sentirse de este modo, lea las Meditaciones.

Demasiado tiempo, igual que el dinero de más, también puede pesar demasiado en nuestras manos. Mire a los millones de escolares aburridos. Saben lo que quiero decir. El correctivo para este aburrimiento es una completa conciencia espiritual de que el tiempo es finito. Mientras se pasa el tiempo en una cosa, se pierde para siempre la oportunidad de pasarlo en algo diferente. El tiempo siempre es algo muy importante.

La ciencia no puede ayudar con el tiempo. De hecho, vivir científicamente para no perder tiempo, transformándose en una de esos pobres espíritus que nunca van a ningún sitio sin una lista, es la mejor garantía de que la vida será devorada por los recados y que ninguno de esos recados jamás llegará a ser el gran asunto que uno necesita desesperadamente para amarse sí mismo al fin. La lista de cosas que hacer irá creciendo por siempre. Las mejores existencias están llenas de contemplación, llenas de soledad, llenas de autoexamen, llenas de intentos privados y personales de entrar en el misterio metafísico de la existencia, de crear una vida interior.

Aprovechamos nuestro tiempo limitado alternando el esfuerzo con la reflexión, y quiero decir reflexión completamente libre del motivo de conseguir alguna cosa. Siempre que veo un chico que sueña despierto en la escuela, cuido de no sobresaltar nunca la ensoñación para que no desaparezca.

Se dice que Buda dijo: «No hagas nada. El tiempo es demasiado precioso para perderlo». Si ese consejo parece imposible en el mundo descrito en las noticias de la tarde, reflexione sobre el asombroso hecho de que a pesar de toda la promoción, aún vive en un planeta donde el 67 por ciento de toda la población mundial nunca ha realizado o recibido una sola llamada telefónica y donde la Antigua Orden Amish del Condado de Lancaster vive prósperas existencias prácticamente libres de delincuencia, divorcio o de niños que asisten a la escuela más allá de octavo curso. Sin embargo ni uno solo tiene un título universitario, un tractor con que arar, un teléfono en casa o vive de la asistencia pública.

Si parece que me he apartado del pecado original con estos hechos, no es así. Hasta que usted no reconozca que los contenidos de hecho de su mente sobre los que fundamenta las decisiones han sido introducidos ahí por otros cuyos motivos no puede entender completamente, nunca llegará a apreciar el espíritu abandonado de la espiritualidad occidental que enseña que usted es el centro del Universo. Y que las cosas más importantes que valen la pena saber ya son innatas en usted. No se pueden aprender mediante escolarización. Se aprenden por uno mismo a través de las cargas de tener que trabajar, de tener que separar el bien del mal, de tener que comprobar los propios apetitos y de tener que envejecer y morir.

El efecto de esta fórmula en la historia mundial ha sido colosal. Llevó a cada ciudadano de Occidente un mandato de ser soberano, un concepto que aún no hemos aprendido a usar sabiamente, pero que ofrece el potencial para esa sabiduría. La espiritualidad occidental otorgaba a cada único individuo un propósito para estar vivo, un propósito independiente de las prescripciones de conducta de masas, de dinero, expertos, escuelas y gobiernos. Confirió significado a cada aspecto de relación y comunidad. Llevaba dentro de sus ideas las semillas de un currículum autoactivado que da significado al tiempo e impone el deber de compasión, incluso para los enemigos, en los creyentes.

En la espiritualidad occidental, todo cuenta. Ofrece un conjunto básico y concreto de directrices prácticas, faros para la ciudad de tu vida. Nadie tiene que vagar sin objetivo en el universo de la espiritualidad occidental. Lo que constituye una existencia con significado se explica claramente con detalle: autoconocimiento, deber, responsabilidad, aceptación del envejecimiento y de la pérdida, preparación para la muerte. En este abandonado espíritu de Occidente, ningún maestro o gurú hace el trabajo por ti. Lo haces por ti mismo. Es hora de volver a enseñar estas cosas a nuestros hijos.


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© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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