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Historia secreta del sistema educativo 

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10 El doctor Watson presume

Tras un salto de 163 años, el doctor John B. Watson, moderno padre del conductismo, respondió a esa pregunta de esta manera en los párrafos finales de su libro Behaviorism (1925), cuando pidió a los padres que se rindieran silenciosamente:

Estoy intentando presentar un estímulo ante ustedes que si es seguido cambiará gradualmente este universo. Porque el universo cambiará si dejan a sus hijos no en la libertad del libertino, sino en la libertad conductista [...] ¿No nos reemplazarán a su vez como sociedad esos niños con sus mejores formas de vida y pensamiento, y a su vez no educarán a sus hijos de una forma aún más científica, hasta que el mundo finalmente se convierta en un lugar apto para ser habitado por los hombres?

Era una oferta que la Escuela no iba a dejar que su hijo rechazara. Edna Heidbredder fue la primera persona conocedora desde dentro en poner el cascabel a este gato en un maravilloso librito, Seven Psychologies (1933). Profesora de psicología de Minnesota, describió la llegada del conductismo de esta manera hace siete décadas:

El hecho simple es que los psicólogos norteamericanos se habían impacientado bajo limitaciones convencionales. Veían los viejos problemas sin vida y menudos, estaban «medio enfermos de sombras» y [...] dieron la bienvenida a una revuelta directa y completa. [El conductismo] apeló a sus seguidores a luchar contra un enemigo que debía ser destruido completamente, no simplemente parlamentar con alguien que pudiera ser persuadido a cambiar sus formas.

John B. Watson, un rápidamente enriquecido y agresivo publicista convertido en psicólogo, publicó este aviso en 1919: La criatura humana es puramente una máquina de estímulo y respuesta. La idea de consciencia es una supervivencia «inútil y viciosa» de la «superstición» religiosa medieval. El conductismo no «pretende ser psicología desinteresada», es «francamente» una ciencia aplicada. La señorita Heidbredder continúa: «El conductismo está claramente interesado en el bienestar y la salvación --la salvación estrictamente secular-- de la raza humana».

Ella veía al conductismo hacer «enormes conquistas» a otras psicologías mediante su «violencia» e «infiltración constante» en el mercado, figurando «en editoriales, crítica literaria, discusiones sociales y políticas y sermones [...] Su programa para mejorar la humanidad mediante los métodos más eficientes de la ciencia ha producido casi un irresistible encanto del público norteamericano».

«Se ha convertido en una cruzada --dijo--, contra los enemigos de la ciencia, mucho más que en una simple escuela de psicología». Tiene «algo del carácter de un culto». Sus partidarios «son devotos a una causa: están en posesión de la verdad». Y el meollo de esa verdad es que «si los seres humanos tienen que ser mejorados tenemos que reconocer la importancia de la infancia», porque en la infancia «el estudiante puede ver la conducta formándose, puede ver el repertorio de reacciones que tiene un ser humano [...] y descubrir las formas en que se pueden modificar [...]» (cursiva añadida). Durante los primeros años a un niño se le puede enseñar el «miedo», la «derrota» y la «rendición», o, naturalmente, sus opuestos. Desde «el punto de vista del control práctico» la juventud ha sido la clave de este culto agresivo, que fluía como jarabe envenenado hasta el último rincón de la economía, de la publicidad, relaciones públicas, envasado, radio, prensa, televisión en su programación espectacular, de noticias y shows de asuntos públicos, de la instrucción militar, guerra «psicológica» y operaciones de inteligencia, pero mientras todo esto estaba en marcha, tentáculos selectos de la misma cruzada conductista se introdujeron en la Oficina Federal de Educación, departamentos estatales de educación, instituciones formadoras de maestros, think tanks y fundaciones. El movimiento fue financiado con asombrosas cantidades de dinero de las empresas y del gobierno, y con otros recursos desde finales de los 50 en adelante, porque la recompensa que prometía repartir era inmensa. El precio: la colonización de los jóvenes antes de que tuvieran una oportunidad de desarrollar resistencia. El Santo Grial de la investigación de mercado.

Volvamos al Emilio de Rousseau. Cuando lo dejé aparcado, usted acababa de enterarse de que la «libertad» de Emilio era una libertad bien regulada. Rousseau se apresura a avisarnos de que el maestro debe esforzarse mucho en «ocultar a su alumno las leyes que limitan su libertad». No ayudará al sujeto ver los muros de su cárcel. Emilio es feliz porque cree que su maestro-orientador no mantiene cadenas sobre él. Pero está equivocado. De hecho el tutor hace a Emilio completamente dependiente de minúsculas recompensas y microscópicos castigos, como cambios en el tono de voz. Programa a Emilio sin conocimiento del muchacho, presumiendo de esto en apartes para el lector. Emilio es condicionado de acuerdo a un plan predeterminado cada minuto, su instrucción es una forma definitiva de invisible control mental. Los objetivos del plan educativo de Rousseau son la resignación, pasividad, paciencia y, el comodín de la baraja, sensatez. Aquí tenemos el mismísimo modelo de la pedagogía hipócrita.

Este tratamiento de los alumnos como conejillos de Indias se convirtió en la mercancía que ponía a la venta B. F. Skinner. En un momento de franqueza afirmó una vez: «Podemos conseguir un control bajo el cual los controlados no obstante se sienten libres, aunque están siguiendo un código mucho más escrupulosamente que el nunca existió bajo el viejo sistema». Rousseau fue el tutor de Skinner.


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© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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