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Historia secreta del sistema educativo 

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15 La Junta General de Educación y Amigos

Al repasar los papeles de la Junta General de Educación de la Fundación Rockefeller --una fundación que sólo tenía como rival en influencia en política escolar a las diferentes organizaciones filantrópicas de Andrew Carnegie-- siete curiosos elementos llaman la atención al lector atento:

  1. Aparece una clara intención de modelar a la gente mediante la escolarización.
  2. Hay una clara intención de eliminar tradición y erudición.
  3. El efecto neto de varios proyectos es crear un fuerte sistema de clases que raya en la casta.
  4. Hay una clara intención de reducir la inteligencia crítica de la masa mientras se apoya la infinita especialización.
  5. Hay una clara intención de debilitar la influencia de los padres.
  6. Hay una clara intención de derrocar la costumbre aceptada.
  7. Hay una llamativa congruencia entre las intenciones acumuladas de los proyectos de la Junta General de Educación y los preceptos utópicos de la excéntrica secta religiosa antes conocida como perfeccionismo, una religión secular con el objetivo de hacer de la perfección de la naturaleza humana, y no de la salvación o la felicidad, el propósito de la existencia. La agenda de la organización, que tenía tanto que ver con las escuelas que conseguimos, resulta que contiene un componente intensamente político.

Esto no es negar que los genuinos intereses altruistas no sean también parte de la organización, pero como refleja correctamente Ellen Lageman en su interesante historia de la Fundación Carnegie para el Fomento de la Enseñanza, Private Power for the Public Good: «Al fomentar algunos intereses, las fundaciones inevitablemente no han fomentado otros. De ahí que sus acciones tengan que tener consecuencias políticas, incluso si los propósitos políticos no son confesados o ni siquiera intencionados. Eludir la política al tratar con la historia de las fundaciones es saltarse una parte crucial de la historia».

Edward Berman, en Harvard Education Review, 49 (1979), lo expresa más bruscamente. Centrándose en las organizaciones filantrópicas de Rockefeller, Carnegie y Ford, concluye que la «retórica pública de humanitarismo desinteresado era poco más que una fachada» tras la que los intereses de la casta política (no necesariamente los de la sociedad) «han sido promovidos activamente». El ascenso de fundaciones a posiciones clave en la formación de la política educativa supuso en la práctica lo que Clarence Karier llamó «el desarrollo de una cuarta rama del poder, que representaba de hecho los intereses de la riqueza empresarial norteamericana».

La fundación corporativa es principalmente un fenómeno del siglo XX, que se multiplicó desde los veintiún ejemplares de la especie en 1900 hasta aproximadamente cincuenta mil en 1990. Desde el principio, las fundaciones se dedicaron directamente a la formación de la política educativa. La Junta General de Educación de Rockefeller obtuvo una acta de incorporación del Congreso en 1903 e inmediatamente comenzó a organizar la escolarización en el Sur, uniéndose a los intereses de la industria del algodón y de la lana del viejo Slater y los intereses de banca de Peabody, en una coalición en la que Rockefeller pagaba muchas de las facturas.

Desde el principio la Junta General de Educación tuvo una misión. Una carta de John D. Rockefeller Sr. especificó que sus donaciones tenían que usarse «para promover un sistema integral». Usted bien podría preguntar para la promoción de qué intereses estaba diseñado el sistema, pero estaría planteando la pregunta equivocada. Frederick Gates, el pastor baptista contratado para gastar la munificencia de Rockefeller, dio una lacónica explicación cuando dijo: «La palabra clave es sistema». La vida norteamericana era demasiado asistemática para adecuarse al carácter corporativo. De lo que trataba la fundación de Rockefeller era de sistematizarnos.

En 1913, el 62º Congreso creó una comisión para investigar el papel de esas nuevas fundaciones de Carnegie, Rockefeller y de otras familias corporativas. Tras un año de testimonios concluyó:

El dominio de hombres en cuyas manos queda el control final de una gran parte de la industria norteamericana no se limita a sus empleados, sino que se está extendiendo rápidamente a controlar la educación y los servicios sociales de la nación.

Descubrió que las subvenciones de fundaciones mejoraban directamente los intereses de las corporaciones que los patrocinaban. La conclusión de esta comisión del congreso fue esta:

La fundación gigante ejerce un enorme poder mediante el uso directo de sus fondos, libre de cualquier enredo reglamentario, de modo que pueden ser dirigidos de forma precisa hacia las palancas de una situación. Este poder, sin embargo, se aumenta sustancialmente al construir alianzas colaterales que la aíslan de la crítica y del escrutinio.

Las fundaciones hacen amigos automáticamente entre los bancos que llevan sus grandes depósitos, en casas de inversión que multiplican su dinero, en bufetes de abogados que actúan como sus asesores, y con las muchas firmas, instituciones e individuos con los que tratan y a quienes benefician. Mediante cuidadosa selección de miembros del consejo de administración de entre las filas de alto personal editorial y otros ejecutivos y propietarios de medios de comunicación, pueden asegurarse el apoyo de la prensa, y al reclutar consejeros de relaciones públicas pueden crear todavía más buena publicidad. Como lo expresó René Wormser, consejero jefe de la segunda comisión de investigación del Congreso sobre la actividad de las fundaciones (1958):

Todas sus conexiones y asociaciones, más la a menudo adulación de sicofante de las muchas fundaciones e individuos que reciben las dádivas de la fundación, proporcionan un enorme agregado de poder e influencia. Este poder se extiende más allá del círculo inmediato de asociaciones, a los que esperan beneficiarse de su botín.

En 1919, utilizando dinero de Rockefeller, John Dewey, por entonces un profesor en el Colegio de Maestros de Columbia, una institución fuertemente subvencionada por Rockefeller, fundó la Asociación para la Educación Progresista (Progressive Education Association, PEA). A lo largo de su existencia extendió la filosofía que presta apoyo moral al capitalismo del bienestar, según la cual la masa de la población es biológicamente infantil y necesita cuidados a lo largo de la vida.

Desde el principio, a Dewey se le unieron otros profesores de Columbia que no ocultaban que el objetivo del proyecto de la PEA era utilizar el sistema educativo como una herramienta para conseguir objetivos políticos. En The Great Technology (1933), Harold Rugg ilustró la gran visión:

Se tiene que crear una nueva mentalidad pública. ¿Cómo? Sólo mediante la creación de decenas de millones de mentes individuales y soldándolas en una nueva mente social. Los viejos estereotipos se tienen que romper y «nuevos climas de opinión» se tienen que formar en los distritos de Norteamérica.

Mediante las escuelas del mundo diseminaremos una nueva concepción del gobierno, que abarcará todas los actividades de los hombres, que postulará la necesidad del control científico [...] en interés de todo el mundo.

De modo similar, el trabajo del Consejo de Investigación de la Ciencia Social culminó en una declaración de Conclusiones y recomendaciones sobre sus operaciones financiadas por la Fundación Carnegie que tuvo un impacto enorme y duradero sobre la educación en los Estados Unidos. Conclusiones (1934) anunció el declive del viejo orden, declarando agresivamente que «está surgiendo una nueva era de colectivismo» que implicará la «suplantación de la propiedad privada por la propiedad pública» y requerirá «experimentación» y «casi seguramente [...] una mayor medida de cooperación obligatoria de los ciudadanos [...] un aumento correspondiente de las funciones del gobierno y una creciente intervención estatal [...] Los derechos serán alterados y abreviados». (cursiva añadida)

Conclusiones era una llamada a las escuelas de maestros para instruir a sus alumnos a «condicionar» a los niños en una aceptación del nuevo orden en curso. La lectura, escritura y aritmética tenían que ser marginadas como irrelevantes, incluso contraproducentes. «Como se repite a menudo, el primer paso es consolidar la dirección alrededor de la filosofía y propósito de la educación aquí comentados» (cursiva añadida). Las dificultades al tratar de entender lo que una locución tan extraña como cooperación obligatoria puede significar realmente, o incluso intentar determinar qué definición histórica de educación encajaría en tal uso, fueron ignoradas. Los que escribieron este informe, y algunos de los que lo leyeron, fueron los únicos que tenían la piedra de Rosetta para descifrarla.

En un artículo en Progressive Education Magazine, el profesor Norman Woelfel presentó una de las muchas secuelas y subsecuelas del informe de Conclusiones cuando escribió en 1946: «Podría ser necesario para nosotros controlar a nuestra prensa igual que se controla a la prensa rusa o se controla a la prensa nazi [...]», una conclusión sorprendente que superó en su libro Molders of the American Mind (1933) con esta oscura belleza: «En las mentes de los hombres que piensan experimentalmente, Norteamérica se concibe como poseedora de un destino que resquebraja las demasiado obvias limitaciones de las sanciones de las religiones cristianas».

La Escuela Experimental Lincoln del Colegio de Maestros de Columbia y financiada por Rockefeller fue el campo de prueba para las series de libros de texto de Harold Rugg, de los que en 1940 se vendieron 5 millones de ejemplares, y más millones posteriormente. En estos libros Rugg avanzaba su teoría: «La educación tiene que ser usada para condicionar a la gente a aceptar el cambio social [...] La principal función de las escuelas es planificar el futuro de la sociedad». Como muchas de sus actividades a lo largo de tres décadas vitales en el frente escolar, las ideas que Rugg divulgó en The Great Technology (1933), fueron finalmente traducidas a la práctica en centros urbanos. Rugg abogaba que se viera la principal tarea de las escuelas como «adoctrinar» a la juventud, mediante el uso de la «ciencia» social como «esencia del currículum escolar» para provocar el deseado clima de opinión pública. Algunas actitudes que Rugg defendía enseñar eran la reconstrucción del sistema económico nacional para mantener los controles centrales y una implantación de la actitud de que los educadores como grupo eran «enormemente superiores a un clero»:

Nuestra tarea es crear rápidamente un organismo compacto de opinión minoritaria para la reconstrucción científica de nuestro orden social.

El dinero para los seis libros de texto de Rugg provino de la subvención de la Fundación Rockefeller a la Escuela Lincoln. La Fundación le pagaba dos sueldos, uno como psicólogo educativo de Lincoln y otro como profesor de educación en el Colegio de Maestros, además de los salarios por servicios de secretaría e investigación. La Junta General de Educación proporcionó fondos (equivalentes a 500.000 dólares del año 2000 en poder adquisitivo) para editar tres libros, que luego fueron distribuidos por la Asociación Nacional de Educación.

En 1954 se intentó una segunda investigación del Congreso sobre la manipulación de las fundaciones (en las escuelas y en la vida social norteamericana), encabezada por Carroll Reece, de Tennessee. La Comisión Reece rápidamente se topó con una oposición brutal de influyentes centros de la vida corporativa norteamericana. Los principales periódicos nacionales lanzaron mordaces críticas, que, junto a la presión de otros potentes adversarios políticos, obligó al comité a disolverse prematuramente, pero no antes de que hubiera algunos hallazgos provisionales:

El poder de la gran fundación individual es enorme. Sus diversas formas de patrocinio llevan con ellas elementos de control del pensamiento. Ejerce inmensa influencia en el educador, en los procesos educativos e instituciones educativas. Es capaz de coerción invisible. Puede predeterminar materialmente el desarrollo de conceptos sociales y políticos, opinión académica, dirección del pensamiento, opinión pública.

El poder de influir en la política nacional se amplifica tremendamente cuando las fundaciones actúan concertadamente. Existe tal concentración de poder de fundaciones en los Estados Unidos, que opera en la educación y ciencias sociales con un gigantesco conjunto de capital e ingresos. Esa Malla tiene algunas de las características de un cartel intelectual. Opera en parte mediante ciertas organizaciones intermediarias mantenidas por las fundaciones. Tiene ramificaciones en casi cada fase de la educación.

Ha llegado a ejercer un control práctico muy extenso sobre la ciencia social y la educación. Ha surgido un sistema que da enorme poder a un grupo de individuos relativamente pequeño, que tiene a su disposición de forma efectiva enormes sumas de fondos de organismos públicos.

El poder de las grandes fundaciones y de la Malla ha influido de tal manera en prensa, radio, televisión e incluso gobierno que ha sido extremamente difícil para las críticas objetivas a cualquier cosa que aprueba la Malla aparecer en los canales de noticias... sin haber sido primero ridiculizada, sesgada y desacreditada.

La investigación en ciencias sociales tiene un papel clave en la evolución de nuestra sociedad. Esa investigación está ahora casi completamente bajo el control de empleados profesionales de las grandes fundaciones. Incluso las grandes sumas asignadas por el gobierno federal a la investigación en ciencia social han pasado al control efectivo de este grupo profesional.

Las fundaciones han promovido un gran exceso de investigación empírica en contraste con la investigación teórica, promoviendo una «manía por encontrar hechos» que conduce demasiado a menudo al «cientismo» o falsa ciencia.

Asociada con el excesivo apoyo al método empírico, la concentración de poder de la fundación ha tendido a promover el «relativismo moral» en detrimento de nuestros principios básicos morales, religiosos y de gobierno. Ha tendido a promover el concepto de «ingeniería social», de que sólo los «científicos sociales» son capaces de guiarnos hacia mejores modos de vivir, sustituyendo principios fundamentales de acción por principios sintéticos.

Estas fundaciones y sus intermediarios se dedican extensamente a la actividad política, no en la forma de apoyo directo a candidatos o partidos, sino en la promoción consciente de conceptos políticos cuidadosamente calculados.

El impacto del dinero de la fundación en la educación ha sido muy fuerte, tendente a promover la uniformidad en enfoque y método, tendente a inducir al educador a transformarse en un agente de cambio social y un propagandista para el desarrollo de nuestra sociedad en dirección a alguna forma de colectivismo. En el campo internacional, las fundaciones y la Malla, junto con ciertas organizaciones intermediarias, han ejercido un fuerte efecto en la política exterior y en la educación pública en asuntos internacionales. Esto se ha conseguido mediante vasta propaganda, con el suministro de ejecutivos y asesores al gobierno, y mediante el control de la investigación con el poder de los recursos dinerarios. El resultado neto ha sido promover el «internacionalismo» en un sentido particular, una forma dirigida hacia el «gobierno mundial» y en una derogación del nacionalismo norteamericano. (cursiva añadida)

Aquí nos encontrados enfrentados con el misterioso deber de interpretar por qué dos diferentes comisiones del Congreso convocadas con cincuenta años de diferencia para estudiar el funcionamiento de las nuevas instituciones fundacionales, una bajo un congreso demócrata, otra bajo un congreso republicano, llegaron ambas esencialmente a las mismas conclusiones. Ambas declararon a las fundaciones como un claro y presente peligro para las libertades tradicionales de la vida nacional norteamericana. Ambas apuntaron hacia el uso de la influencia de la fundación para crear el anteproyecto de la vida escolar norteamericana. Ambas vieron que había surgido un sistema de clases en Norteamérica y que estaba siendo mantenido por el sistema de clases en la escolarización. Ambas exigieron acción drástica. Y ambas fueron totalmente ignoradas.

De hecho la palabra ignoradas ni comienza a hacer justicia a lo que ocurrió realmente. Esas investigaciones del Congreso --igual que la difícil de obtener Life of Napoleon Bonaparte de sir Walter Scott-- no sólo han desaparecido de la imaginación pública, ni siquiera se alude a ellas en las discusiones sobre escolarización de la prensa. Igual que si nunca hubieran tenido lugar. Esto sería más comprensible si sus actividades filantrópicas fueran aburridos y prosaicos regalos diseñados para distribuir munificencia y desarrollar buena opinión hacia la benevolencia de riqueza y poder colosal. Pero la realidad es notablemente diferente: mediante las fundaciones la riqueza corporativa ha anticipado en gran medida el atontamiento de las escuelas norteamericanas, la creación de un sistema científico de clases e importantes ataques a la soberanía de la familia, identificación nacional, derechos religiosos y soberanía nacional.

«La escuela es la policía más barata», dijo una vez Horace Mann. Fue un sentimiento públicamente expresado por cada nombre --Sears, Pierce, Harris, Stowe, Lancaster y los demás-- implicado destacadamente en la creación de sistemas escolares universales para los poderes del carbón. Sólo hay que hojear The Social Ideas of American Educators de Merle Curti para descubrir que la mayor idea social que los educadores tenían que vender a los ricos, y que no perdieron la oportunidad de vender, era la función de policía de la escolarización. Aunque un cambio de dirección en la imaginación cuáquera es la razón por la que las escuelas llegaron a parecer penitenciarías, los cuáqueros no son la razón principal por la que llegaron a funcionar como instituciones de máxima seguridad. La verdadera razón por la que llegaron a la existencia era estabilizar el orden social y adiestrar a la gente común. En una era científica, industrializada y corporativa, la «estabilidad» fue mucho más exquisitamente definida de lo que la gente ordinaria podía imaginar. Para hacer realidad la nueva estabilidad, el mejor linaje reproductivo tenía que ser puesto en reservas, del mismo modo que el ordinario. Las «Hijas de los barones de Runnemede» son sólo una pequeña pieza del rompecabezas. Se probaron muchas cuarentenas más eficientes y sutiles.

Quizás la más sutil de todas fue el Estado del Bienestar, un programa de asistencia social para todo el mundo, incluyendo a las clases inferiores, en que el Estado político otorga limosnas del modo en que lo hacía la Iglesia institucional. Aunque los beneficiarios más visibles de este gigantesco proyecto fueron esos grupos cada vez más conocidos como «las masas», los pobres fueron de hecho más pobremente servidos por esta moderna creación hindú del socialismo fabiano y del grupo de asesores corporativos. Se creía que subsidiar a los excluidos de la nueva sociedad era un modo humanitario de calmar esas aguas turbulentas hasta que el vendaval darwiniano hubiera recorrido su curso inevitable hacia una nueva utopía organizada genéticamente.

En un informe aparecido en 1982 y ampliamente promocionado en importantes revistas, la conexión entre capitalismo corporativo y el Estado del Bienestar se hace manifiesta en un documento público que lleva el nombre de Alan Pifer, entonces presidente de la Carnegie Corporation. Temiendo aparentemente que la administración Reagan alterase el diseño del proyecto fabiano más allá de su capacidad de sobrevivir, Pifer alertaba de:

Una posibilidad creciente de severa inquietud social y el consiguiente desarrollo entre las clases superiores y de la comunidad empresarial de suficiente temor por la supervivencia de nuestro sistema económico capitalista como para provocar un abrupto cambio de dirección. Igual que construimos el Estado del Bienestar general [...] y lo extendimos en los años 60 como válvula de seguridad para aliviar la tensión social, queremos hacerlo otra vez en los 80. Cualquier otro camino es demasiado arriesgado.

En el informe del que se ha sacado la cita, se introducían nuevas concepciones de la pedagogía que ahora vemos intentando hacer su aparición: certificación nacional para los maestros, que evita el último vestigio de control local en los estados, ciudades y pueblos; una jerarquía de puestos de los profesores; un proyecto de poner fin a la jerarquía de administradores escolares, ahora juzgada mayormente un gasto contraproducente para el buen orden social, un experimento fallido. En la nueva forma, los profesores en cabeza gestionan las escuelas según el estilo británico y contratan a los administradores del negocio. Las primeras expresiones de esta nueva iniciativa incluyeron al movimiento de la «miniescuela», ahora transformado en el movimiento de la charter school.[*] Sin negar a estas medidas algo de mérito, si se comprende que su fuente es la misma conciencia institucional que en una ocasión envió acorazados por el río llenos de detectives armados para romper el sindicato del acero en Homestead, ametralló huelguistas en River Rouge y quemó hasta la muerte a una docena de mujeres y niños en Ludlow, esas memorias deberían inspirar emociones más reflexivas que el entusiasmo arrobado.


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© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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