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Historia secreta del sistema educativo 

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6 La casta organizadora

En el segundo libro más importante de Darwin, El origen del hombre, el destino que aguardaba a esas sociedades liberales que permiten el mestizaje de la reserva racial se dejaba claro. Caerían víctimas del funcionamiento despiadado y ciego de la evolución y caerían en la reversión. La lección del libro no cayó en saco roto en Boston, Nueva York, Filadelfia, Chicago o San Francisco. En un breve instante nació y fue aceptado el fundamento para un sistema de castas. Ningún sistema de mérito ya no pudo después romper seriamente la barrera hereditaria, como tampoco pudo hacer ceder la barrera «científica» de la curva de campana. Se había establecido una base biológica para la moralidad.

Una del centenar de nuevas sociedades hereditarias (todas perduran, dicho sea de paso) era The Aztec Club of 1847, que honraba a los que participaron en la Guerra de México como oficiales comisionados y a sus descendientes. El Club Azteca se adelantó de hecho al período hereditario intenso unos pocos años y por tanto se puede considerar un pionero. Si usted hubiera sido un «azteca» en la cena de fundación en 1880, habría estado en una mesa con el presidente Grant y Jefferson Davis, así como con una fraternidad de nombres grabados en la leyenda. Si los presidentes Taylor y Pierce y los generales Lee y Picket no estuvieran muertos, habrían estado también allí. El Club Azteca de 1847: me han dicho que ni un solo maestro de escuela pública de los casi 3 millones de los Estados Unidos ha estado jamás en sus filas. ¿Estamos aquí en presencia de alguna verdad superior?

La Sociedad de los Pioneros de California fue otro de estos nuevos organismos hereditarios que aparecieron en la estrecha franja de tiempo que precedió justo a la escolarización obligatoria masiva efectiva. Esta sociedad particular celebra a «esos memorables pioneros cuya iniciativa los indujo a convertirse en los fundadores de un nuevo estado». No creo que se tenga que evocar la imagen mental de algún buscador de oro de pelo gris para encajar en tal iniciativa. La familia de Leland Stanford[*]encaja mejor. Aquí hay una docena larga de otras organizaciones que permiten ver más claramente los perfiles de la nueva sociedad que surgía como un fénix inglés de las cenizas de nuestra república democrática:

The Order of Americans of Armorial Ancestry

The Society of Mayflower Descendants

The Society of Americans of Royal Descent

The Daughters of the Utah Pioneers

The Women Descendants of the Ancient and Honorable Artillery

The Order of the First Families of Virginia

The Order of the Crown of Charlemagne

The Order of the Three Crusades, 1096-1192

The Descendants of Colonial Governors

The Society of the Cincinnati

The Society of Founders of Norwich, Connecticut

The Swedish American Colonial Society

The Descendants of Colonial Clergy

Los leviatanes populares de esta confederación de sangre especial fueron la Sociedad Nacional de los Hijos de la Revolución Americana, que tuvo a once de los siguientes doce presidentes como miembros (Nixon era apto, pero declinó), y su sociedad hermana, las DAR (Daughters of the American Revolution, Hijas de la Revolución Americana).

La caída de la levadura de la inmigración latina, eslava y celta en la masa del darwinismo provocó que las grandes familias de los Estados Unidos construyeran una casta gobernante con una agenda común compartida, un plan para el desarrollo nacional e internacional y un programa de regulaciones sociales que imponer gradualmente en el futuro. Si usted no es capaz de deducir por sí mismo ese programa, a pesar de su uso de la escolarización en masa, quizá quiera escribir a la Sociedad de los Cincinnati para que le aclaren. La repentina aparición de estas asociaciones, que excluían de la pertenencia a todos los inmigrantes no arios, nos proporciona una señal de que esta nueva casta tenía conciencia de sí misma como casta. De otro modo, el desarrollo hubiera sido más gradual. Marca una gran línea divisoria en la historia norteamericana. A medida que la ola hereditaria alcanzaba a la playa, incluso usted podría haber diseñado las escuelas que iba a necesitar.

Una cosa que faltaba en la utopía de los diversos grupos hereditarios que se formaban --los racistas científicos, los clubes privados, escuelas, iglesias, barrios, sociedades secretas como Bones en Yale o Ivy en Princeton, universidades especiales que sirvieron como escenario último en el reclutamiento y ciclo de producción de élites,[*] etc.-- era un gran mito secular. Era necesario algo menos espeluznante que una cruda declaración del protoplasma triunfador que subía peldaños biológicos por encima del lodo primordial para inspirar al exclusivo nuevo sistema que se estaba formando, alguna historia conmovedora trascendental para completar la fascinación e inspiración de la mente de la clase dominante.

Esa cosa tenía que ser encontrada y lo fue. El mito de la creación de la casta norteamericana aparecería inesperadamente en forma de un antiguo lenguaje que unía a las clases poderosas de los Estados Unidos en una cuadrilla romántica de hermanos espirituales, una historia a la que vamos ahora.


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© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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