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Historia secreta del sistema educativo 

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2 Había que hacerlo por sí mismo

«Un norteamericano --mencionaba Francis Grund en 1837--, es educado casi desde la cuna para reflexionar sobre su condición y, desde el momento en que es capaz de actuar, empleado con los medios para mejorarla».

Lincoln, no precisamente un incompetente como escritor, orador o pensador, acumuló cincuenta semanas de escolarización formal en toda su vida en el período de doce años entre 1814 y 1826. Incluso ese poco pareció una pérdida de tiempo para sus parientes. A menos que quiera sostener que esas pocas semanas supusieron una gran diferencia para Abe, tenemos que buscar su educación en otra parte. Clifton Johnston cree que sucedió así:

Adquirió mucha de su primera educación en casa. Por la tarde apilaba ramas de leña seca en la chimenea de ladrillo. Estas ardían luminosamente y arrojaban una fuerte luz en la habitación, y el muchacho estaría echado en el suelo ante el hogar con su libro ante sí. Escribía sus sumas de aritmética en una gran pala de madera con un trozo de carbón vegetal. Tras cubrirla toda de ejemplos, tomaba su navaja y raspaba la superficie para dejarla limpia y lista para más números. El papel era caro y no podía permitirse una pizarra. Alguna vez cuando la pala no estaba a mano hacía sus cálculos en los troncos de las paredes de la casa, en las jambas de las puertas u otro enmaderado que proporcionara una superficie que marcar con su carboncillo.

En el Illinois y Kentucky de Lincoln, sólo se exigía a los maestros leer, escribir y calcular «hasta la regla de tres», pero en Nueva Inglaterra el negocio atraía a menudo a jóvenes ambiciosos como Noah Webster, seguros y enérgicos, que hacían meramente una pausa en su camino hacia cosas mayores. Adam Gurowski, viajero a mediados del siglo XIX en nuestra tierra, observó con especial atención la superioridad de los maestros norteamericanos. Sus hermanos europeos eran, decía, «vagabundos marchitos» o «estrechos ordenancistas».

Se esperaba de los jóvenes de Norteamérica que hicieran algo por sí mismos, no que se prepararan para encajar en una jerarquía preestablecida. Cualquier comentarista extranjero observa el temprano adiestramiento en la independencia, la notable precocidad de la juventud norteamericana, su asunción de responsabilidad adulta. En su memoria, Tom Nichols, un colegial de los años 20 del siglo XIX, recuerda la atmósfera electrizante de expectación en las primeras escuelas norteamericanas:

Nuestros profesores nos estimulaban constantemente con los brillantes premios de riqueza, honores, cargos y distinciones que estaban ciertamente a nuestro alcance: había cien vías a la riqueza y a la fama abiertas ante nosotros si sólo elegíamos aprender nuestras lecciones.

La sobreproducción, la supercapacidad, habría sido un concepto ajeno a aquella Norteamérica, algo que olía a mercantilismo británico. Nuestro suelo y bosques vírgenes echaban por tierra la severa doctrina del calvinismo pagando dividendos a cualquiera deseoso de trabajar. A medida que el calvinismo decaía, emergían actitudes contrarias que representaban una nueva religión norteamericana. Primera, la convicción de que la oportunidad estaba disponible a todos; segunda, que el fracaso era el resultado de un carácter deficiente, no de la predestinación o de mala colocación en una curva de campana biológica.

Los defectos del carácter se podían remediar, pero sólo desde el interior. Uno tenía que hacerlo por sí mismo por medio del valor, determinación, honestidad y trabajo duro. No descarte esto como palabrería: marca una diferencia crítica entre los norteamericanos y el resto del mundo. Los maestros tenían un lugar en este proceso de autocreación, pero era ambiguo: se pensaba que cualquiera podía enseñar igual que cualquiera podía aprender por sí mismo. Las escuelas tradicionales, siempre una institución periférica, eran vistas con ambivalencia, aunque se concedía a los profesores algún valor, al menos gratitud por dar a la madre un descanso. En las colonias del Sur y del Centro los profesores eran a menudo convictos que cumplían sus condenas y su lugar en el orden social queda recogido en este anuncio de los tiempos de Washington:

FUGADO. Criado que tenía la ocupación de maestro de escuela, debido en gran parte a la bebida y al juego.

El propio maestro de Washington, Hobby, era precisamente un siervo como este. Según el saber tradicional, puso el fundamento de la grandeza nacional al expulsar el demonio de Washington a base de azotes. El azote y la humillación parecen haber sido siempre un ingrediente eterno de la escolarización. Perdura la evidencia de la antigua Roma, de la Francia de Montaigne, de la Virginia de Washington o de mi propio instituto en el oeste de Pensilvania en los 50, donde la palmeta personalizada del profesor estaba colgada destacadamente a la entrada de muchas aulas, no para decoración sino para ser usada. El entrenador de fútbol y, si recuerdo correctamente, el profesor de álgebra, personalizaban sus palmetas, usando una pila de las usadas para aparatos parecidos a instrumentos electrificados con que pinchar al ganado.

Algo en la estructura de la escuela despierta la violencia. Aunque las escuelas de hoy en día no permiten la disciplina física enérgica, son ciertamente el último grito como laboratorios de humillación, como debería recordarle su propia experiencia. En mis primeros años en la enseñanza me dijeron una y otra vez que la humillación era mi mejor amiga, más efectiva que el azote. Fui testigo de esta teoría puesta en práctica en mi tiempo como profesor. Si me preguntara ahora si daña más la violencia física o la psicológica, respondería que las difamaciones, las calumnias, la clasificación formal, el insulto y la indirecta son con diferencia las más mortales. Tampoco protege la ley al que es azotado con la lengua.

Las primeras escuelas de Norteamérica eran rápidas con la bofetada o la caña, pero los criterios locales exigían equidad. Los profesores despóticos eran a menudo presa de sí mismos, como nos avisa La leyenda de Sleepy Hollow de Washington Irving. Preste atención al destino del maestro Thomas Beveridge en la exclusiva Latin School de Filadelfia, once años antes de la Revolución:

Llega, entra en la escuela y se le permite proceder hasta que se supone que ha llegado a su silla al fondo a la derecha del aula, cuando instantáneamente la puerta y todas las contraventanas se cierran. Envuelto ahora en absoluta oscuridad salen los más horrorosos gritos de sesenta gargantas; y Ovidios, Virgilios y Horacios, junto con la artillería más pesada de diccionarios son lanzados sin remordimiento contra el asombrado preceptor, quien, a tientas y arrastrándose, hace la mayor parte de su camino a la puerta. Al llegar, se restablece una luz y sigue un silencio de muerte.

Cualquier chico sabe su lección: nadie ha participado ni de obra ni de palabra en la última atrocidad.[*]

En el escenario más humilde de la Indiana rural recreada por Eggleston para The Hoosier Schoolmaster (1871), podemos ver fácilmente que el paso de más de un siglo (y el cambio de niños ricos por hijos e hijas de granjeros) no ha alterado la dinámica del aula:

Cuando Ralph iba mirando las caras de los alumnos --las caras pequeñas llenas de malicia y curiosidad, las caras grandes con una expresión no muy alejada del desdén-- cuando el joven Hartsook examinó esas caras, su corazón palpitó con miedo escénico. No hay audiencia tan difícil de afrontar como una de alumnos en una escuela, como muchos hombres han descubierto a su costa.

Cuando Ralph solicitaba a un miembro del comité de la escuela este trabajo, un grande y enorme bulldog olfateaba sus tacones, haciendo que una chica tuviera que «contener sus risitas ante la deliciosa posibilidad de ver al nuevo maestro devorado por el feroz bruto». Cansado, desalentado, «temblando de miedo», es sermoneado:

Mire, no tenemos a nadie con su blandura en este antro. Hace falta un hombre para estar al frente de este distrito [...] si le dan una paliza, no acuda a nosotros. ¡Puede apostar que Flat Crick no paga ningún seguro! [...] hacen falta agallas para solicitar un puesto en esta escuela. El último maestro tuvo un ojo morado por un mes.


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© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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