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Historia secreta del sistema educativo 

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12 La universidad de Zimmer y Hegel

Los estudios más importantes a los que jamás me dediqué no tuvieron lugar ni en Cornell ni en Columbia, sino en el sótano sin ventanas de la Zimmer Printing Company, a un bloque y medio de las vías del ferrocarril que iban paralelas al Monongahela. Algunas de mis más importantes lecciones se desarrollaron cerca del misterioso río verde oscuro, con su gruesa capa de hielo cerca de las orillas en invierno, sus libélulas iridiscentes en verano y sus siempre impresionantes barcos de paletas que batían el agua arriba y abajo, ¡BAM!,¡BAM!, ¡BAM!, de camino a puertos desconocidos. Para mí, el río no tenía principio ni fin.

Antes de que fuera a Alemania a vapulear a los nazis, mi guerrero tío Bud trabajó en un barco fluvial que bajaba el Mississippi hasta Nueva Orleans, no sé decir con qué misión, y después en otros barcos que subían y bajaban ríos locales más pequeños. Cuando yo tenía cinco años, me tiró una vez una naranja desde la cocina de un barco cuando pasaba a través de una esclusa. Un buen brazo de central de béisbol envió aquella naranja doscientos pies fuera de la trinchera acuática directamente a mis manos. Ni siquiera tuve que moverme.

En el sótano de la imprenta, el padre de Bud («el general», como Moss lo llamaba a sus espaldas) metía y sacaba sus fuertes manos de una prensa. Esas prensas ya no están, pero las manos de mi abuelo nunca se irán. Siguen en mis hombros mientras escribo esto. Me sentaba en los peldaños que conducían a su mundo subterráneo, mirando atentamente hora tras hora mientras esas ásperas manos llenaban de hojas de papel las mandíbulas de la prensa impulsada a vapor. Hacía ¡BAM!, (llenado), ¡BAM!, (llenado),¡BAM!, (llenado) como los barcos fluviales y poco a poco el trabajo se apilaba sobre la mesa de al lado de la prensa.

Era una aula sin timbres ni exámenes. Nunca me aburrí, nunca estuve fuera de lugar. En la escuela era expulsado de clase frecuentemente por alborotador, pero Pappy no hubiera tolerado las tonterías. Ni lo más mínimo. Era todo propósito. Nunca vi a un hombre concentrarse como lo hacía, tanto como fuera necesario, en cualquier cosa que lo requiriera. Transferí inconscientemente ese modelo a mi forma de enseñar. Mientras mis colegas estaban dominados por horas de inicio, horarios de timbres, hora de comer, anuncios de altavoz y despido, yo ignoraba esas interrupciones. Estaba dominado por el trabajo que tenía que hacerse, chico a chico, hasta que se acababa, costara lo que costara, chico a chico.

Ni béisbol, ni fútbol, ni pesca, ni ir de compras, ni ninguna aventura romántica podrían haber igualado posiblemente la fascinación que sentía viendo a aquel fuerte anciano en su severo y viejo pueblo hacer funcionar su prensa alimentada a mano en un sótano iluminando con una bombilla desnuda, sin ningún supervisor que le dijera qué hacer o qué pensar de ello. Sabía cómo diseñar y hacer la composición, colocar los tipos, comprar papel, entintar las prensas y repararlas, limpiar, negociar con clientes, poner precio a los trabajos y mantener todo el conjunto funcionando. ¿Cómo aprendió esto sin escuela? Harry Taylor Zimmer, senior. Lo quería. Aún lo sigo queriendo.

Trabajaba de forma tan natural como respiraba, un héroe perfecto para mí: me pregunto si entendía eso. De algún modo secreto fue Pappy quien mantuvo unida nuestra familia, a pesar de su posición como paria para su mujer y sus hermanos enemistados, a pesar de su ambivalente relación de pocas palabras con su hija e hijo, nieta y nieto, y con su hermano restante, Will, el único que aún le hablaba y trabajaba con él en las prensas. Digo «hablaba» cuando lo mejor que puedo atestiguar personalmente es sólo la asociación. Trabajaban codo a codo, pero realmente nunca oí una sola conversación entre ellos. Will nunca entró en nuestro apartamento de encima de la tienda. Dormía en la mesa de la prensa en el sótano. Sin embargo Pappy mantenía la fe de la familia. Sabía su deber. Cuando Bud trajo de la guerra a casa a su elegante esposa, ella se sentaba en la habitación de Pappy hablando con él una hora tras otra, los dos resoplando y riendo gruesamente como ladrones. Había perdido la llave de la conversación sólo con su propio linaje.

Hoy me doy cuenta de que si Pappy no hubiera podido contar consigo mismo, hubiera estado fuera del negocio y el resto de nosotros en la casa de caridad. Si no hubiera tenido autoestima se hubiera vuelto loco, solo con esos ritmos de heavy metal en la eterna penumbra del sótano de la imprenta. Cuando lo miraba nunca decía una palabra, no lanzaba una mirada en mi dirección. Tenía que proporcionarme mi propio incentivo, era bienvenido para quedarme o irme, y sin embargo yo sentía que apreciaba mi presencia. Quizás entendía cómo lo quería. A veces, cuando el trabajo estaba terminado, me hablaba un poco de política que no entendía.

En la tradición artesanal, los impresores eran hombres independientes, incluso peligrosos. Ben Franklin fue un impresor, igual que mi abuelo alemán, él mismo preocupado a veces con cosas alemanas. El mismo tipo móvil es alemán. Pappy era un serio discípulo del filósofo alemán Hegel. Oía el nombre de Hegel en sus conversaciones con la mujer de Bud, Helen. Posteriormente en su vida comenzó a hablar de nuevo con mi padre. Y a veces incluso conmigo en la mitad de mi adolescencia. También recuerdo referencias a Hegel de esa época.

Hegel era un filósofo residente en la Universidad de Berlín durante los años en que Prusia se comprometía a sí misma con la escolarización obligatoria. No es inverosímil ver a Hegel como el pensador más influyente de la historia moderna. Prácticamente todo el mundo que ha dejado huella política en los dos últimos siglos, gente de escuela incluida, ha sido hegeliano o antihegeliano. Incluso hoy, mucha gente erudita no tiene idea de lo importante que es Hegel para las deliberaciones de los hombres importantes cuando debaten nuestro futuro común.

Hegel era importante allí donde la cuestión fuera el control social estricto. Los Estados ambiciosos no podían dejar escapar ni a un niño solo, decía Hegel. Hegel creía que nada sucedía por accidente: pensaba que la historia se dirigía a alguna parte y que esa dirección podía ser controlada. «Hombres como dioses» era el tema de Hegel antes de que fuera el de H. G. Wells. Hegel creía que cuando rugía el cañón de la batalla, era Dios que hablaba consigo mismo, desarrollando su propia naturaleza dialécticamente. Es un concepto formidable. No es extraño que interesara a hombres que no trabajaban, como el señor Morgan, el señor Rockefeller o el señor Carnegie, pero que sin embargo aún desdeñaban el lujo fácil. Llamó la atención de un impresor, y también de un muchacho.

Cuando comencé a enseñar, me tomé a pecho las lecciones de Monongahela y de mis dos familias. Cuanto más duro batallaba para comprenderme a mí mismo, mejor suerte tuve con los hijos de otras personas. Una persona tiene que conocer dónde están enterrados sus muertos y cuál es su deber antes de que se pueda confiar en ella. Todo lo que tenía que enseñar a los niños está encerrado en las palabras que acaba de leer, como lo está la génesis de mi crítica a la escolarización obligatoria.


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© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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