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Capítulo 1 Cómo era antes
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Quienquiera que controle la imagen e información del pasado determina qué y cómo
pensarán las generaciones futuras. Quienquiera que controle la imaginación y
las imágenes del presente determina cómo esa misma gente verá el
pasado.
Tome al azar cien hijos de varias generaciones educadas y cien hijos sin educar del pueblo y compárelos en cualquier cosa que le plazca: en fuerza, en agilidad, en mente, en la habilidad para adquirir conocimiento, incluso en moralidad; y en todos los sentidos uno se sorprende de la vasta superioridad del lado de los hijos de los no educados.
1 Una nación de abajo a arriba
CUADRO
INICIAL
CINCUENTA niños de edades diferentes están aprendiendo unos de otros mientras el
maestro escucha lecciones en su mesa de alumnos mayores. Un aire de silenciosa
actividad llena la habitación. Una estufa de leña crepita en el rincón. Lo que
impulsaba el mundo escolar del siglo XIX celebrado en el clásico de Edward
Eggleston, The Hoosier Schoolmaster,
era una sociedad rica en conceptos
como deber, trabajo duro, responsabilidad y autoconfianza; una sociedad de
orientación abrumadoramente local, aunque nunca tan provinciana para no estar
fascinada por lo extraño y lo exótico. Pero cuando la carpa de
Chautauqua
con su fanfarria sobre las
maravillas modernas abandonaba la población, la conversación volvía a los
asuntos de la sociedad local.
La Norteamérica de Eggleston era un lugar especial en la historia moderna, en que la sociedad era más importante que el Estado político nacional. Las palabras no pueden transmitir el formidable radicalismo oculto en nuestros silenciosos pueblos, una creencia de que la gente ordinaria tiene derecho a gobernarse a sí misma. Y una confianza en que puede hacerlo.
Lo más revolucionario de todo era la convicción de que los derechos personales
sólo pueden ser respetados cuando el Estado político se mantiene débil. En la
dicotomía entre libertad y subordinación escrita en nuestra imaginación por
Locke y Hobbes en el siglo XVII, Norteamérica se esforzó durante algún tiempo por
seguir el camino libertario
de Locke mientras que sus tres naciones madre, Inglaterra,
Alemania y Francia, siguieron a Hobbes y establecieron estados Leviatán a lo
largo de los siglos XVIII y XIX. Hacia el final, Norteamérica comenzó a
seguir el ejemplo del Viejo Mundo.
Para Hobbes, el orden social dependía del control del Estado de la vida interior, un grado de colonización mental desconocido a los tiranos de la historia, cuya principal preocupación había sido controlar los cuerpos de sus súbditos. Pero el solo tamaño de una Norteamérica, sin carreteras nacionales o redes electrónicas, aseguraba que la libertad sería alimentada fuera del círculo de la vigilancia del gobierno. También entonces muchos norteamericanos procedían de sectas religiosas disidentes de Inglaterra, congregaciones independientes que rechazaban las asociaciones Iglesia-Estado. La masa de nuestra población era de todos modos socialmente sospechosa. Incluso nuestra pequeña nobleza era de segunda o tercera fila para los criterios ingleses, caballeros sin herencias, el resto de una caótica banda de chicos abandonados, criminales, muchachos enrolados contra su voluntad, pequeños propietarios pobres, campesinos desplazados.
Benet, el poeta, describe nuestra materia primigenia:
Shipped overseas to steal a continent with
neither shirts nor honor to their back.
En Últimos ensayos, Georges Bernanos observa que Norteamérica, a diferencia de otras naciones, fue construida de abajo a arriba. Francis Parkman hizo la misma observación un siglo antes. Lo que Norteamérica rechazaba violentamente en su joven república era la Homily on Obedience arraigada en la doctrina inglesa establecida por la Iglesia en el Estado Tudor de 1562, una doctrina que comparaba el orden en el Cielo con el orden social en la Tierra, fijo e inmutable:
En 1776 la utopía teocrática hacia la que se mueve ese principio estaba bien establecida en la Gran Bretaña de los Jorges alemanes, así como en los tres estados de Alemania del Norte: Prusia, Sajonia y Hannover. Junto a Inglaterra, los tres tuvieron un papel importante en la escolarización obligatoria del siglo XX en Norteamérica. El mismo reloj divino, superficialmente secularizado, marcaba la hora en el interludio de la Francia de la Ilustración, la utopía prerrevolucionaria que tendría también un potente efecto en el pensamiento de la escuela norteamericana. Hobbes y su doctrina de colonización mental eclipsaron a Locke en todas partes, pero no en Norteamérica.
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© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte