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2 Cantar y pescar era gratis
Cantaba villancicos mucho antes de que supiera leer o incluso de que supiera de qué iba la Navidad. Tenía tres años. Los que cantaban villancicos estaban en un rincón diagonalmente opuesto a la imprenta de mi abuelo, donde sus voces llenaban un anfiteatro informal constituido por la cuesta de la Segunda Calle, justo antes de que se uniera a la Principal, el principal cruce del pueblo. Si tuviera que decir dónde aprendí a estimar el lenguaje rítmico sería en esa esquina a los pies de la colina de la Segunda Calle.
En Monongahela pescaba carpas y barbos, no comestibles por los ácidos del río que se filtraban de las minas y de los residuos que llevaban allí las fábricas. Los pescaba con bolas hechas en casa con masa birlada de la cocina de la abuela Mossie. En Monongahela esperaba cada semana a que cambiara el escaparate de la tienda de ropa para hombre de Binks McGregor o la muestra de ferretería de Bill Pulaski tan ansiosamente como un asistente al teatro podría esperar a ser refrescado por un nuevo cambio de escenario.
La familia de madre, los Zimmer, y la rama de los Gatto que representaba mi padre, eran pobres para los criterios de la gran ciudad moderna, pero no realmente pobres para aquel tiempo y lugar. Sólo avanzada mi madurez me di cuenta de repente de que dormir tres en una cama --como hacíamos mi madre, mi hermana y yo-- era casi una definición operacional de pobreza, o su pariente próximo. Pero jamás se me ocurrió pensar en mí mismo como pobre. Ni una sola vez. Nunca. Incluso posteriormente, en la escuela secundaria de Uniontown, cuando nos mudamos a una población con nítidas gradaciones sociales y un calendario social formal, tuve poca conciencia de que hubiera algún abismo infranqueable entre yo y aquella gente que me invitaba a las fiestas en el club de campo y a hogares más distinguidos que el mío. Ni, creo, la tuvieron ellos. Un año en Cornell, sin embargo, aseguró que mi inocencia llegara a su fin.
Madre no fue tan afortunada. Aunque nunca habló abiertamente de eso, sé que estaba avergonzada de tener menos que aquellos con los que creció. Una vez había tenido mucho más, antes de que Pappy, mi abuelo, se arruinara en la quiebra de 1929. Ojo, no era envidiosa, estaba avergonzada, y esta vergüenza limitaba su naturaleza abierta. La hacía triste y melancólica cuando estaba sola. Hizo que se ocultara de antiguas amistades y del mundo. Anhelaba dignidad, los días en que sus vestidos estaban hechos en París. Así, en el cálculo de la miseria humana, ejercitaba su frustración en papá. Sus muchas separaciones y las largas ausencias de él de casa por negocios, incluso cuando vivían juntos, se originaron posiblemente en esta tensión implacable.
La gran ironía es que madre se las arregló admirablemente sin dinero. Era emprendedora, imaginativa, generalmente optimista, una mujer con más poder de crear algo de la nada que nadie: tótems de carretes de hilo, un vestido premiado de Halloween con pedazos de papel y ropa, una aventura de gran calidad con una simple caminata por las colinas. No tenía deseos extravagantes, no bebía, no pedía comida exótica, lugares fascinantes o los últimos artilugios. Se arreglaba ella misma el pelo y estaba siempre encantadora. Y tuvo la casa más limpia imaginable, llena de objetos bonitos que iba recogiendo atentamente y con soberbio gusto a su paso por la vida. Como para agravar la ironía de su descontento, Mon City era apenas un lugar en el que ser rico. No había mucho que comprar allí.
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© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte