En un golpe audaz la escuela factoría norteamericana de los días de Lancaster había renacido. Aquí el currículum desintelectualizado de estilo prusiano podía reinar sin ser detectado. Desde 1960 a 1990, mientras la población de alumnos crecía un 61 por ciento, el número de administradores escolares creció un 342 por ciento. En dólares constantes, los costes de dispararon un 331 por ciento y el número de maestros, que había caído desde el 95 por ciento de todo el personal escolar en 1915 al 70 por ciento en 1950, cayó ahora aún más, cada vez más abajo hasta que recientemente comprendía menos del 50 por ciento de los trabajos en el mundo de la escuela. La escuela se había convertido en un proyecto de empleo, la mayor sala de contratación del mundo, mayor que la agricultura, mayor que los ejércitos.

Otro significativo conjunto de números está correlacionado con el crecimiento absoluto en el poder y en el gasto de la escolarización gubernativa, aunque inversamente. En 1960, cuando esas gigantescas agencias de bienestar infantil llamadas escuelas estaban poniéndose en camino a su misión mejorada, el 85 por ciento de los niños afroamericanos de Nueva York eran de hogares intactos y biparentales. En 1990 en la ciudad de Nueva York, con el presupuesto escolar que gastaba 9300 dólares por niño para su educación según una definición de bienestar social, ese número cayó hasta por debajo del 30 por ciento. La escuela y las burocracias del trabajo social habían hecho bien su trabajo, al crear lo que parecía ser una subclase permanente, despojada de su posibilidad de escape, vuelta contra sí misma. El management científico había demostrado su valía, aunque eso dependía obviamente de la propia perspectiva.

© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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