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Historia secreta del sistema educativo 

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2 El demonio de la sobreproducción

Las reformas reales de la escuela siempre han fracasado, no porque representen malas ideas, sino porque representan interpretaciones diferentes del propósito de la vida de las que la dirección actual de la sociedad quiere permitir. Si demasiada gente adoptara tales reformas, se provocaría una catástrofe social y económica al menos igual a la que siguió a la imposición de vida centralizada y colectiva a hombres, mujeres y niños en lo que había sido una sociedad norteamericana bastante libertaria. Se oyen todavía ecos de este temprano cambio en la escolarización. ¿Qué otra cosa cree que significa la explosión del homeschooling en los años recientes?

La razón por la que este cataclismo, del que obtuvimos la escolarización obligatoria, haya sido tan poco cuestionado por los grupos a los que dañó violentamente es que la tormenta anterior tuvo un aspecto engañoso respecto a él. Los que sufrieron más no experimentaron necesariamente ingresos decrecientes. El coste de la metamorfosis fue pagado en libertades: pérdida de libertad, pérdida de tiempo, pérdida de asociaciones humanas significativas --que incluían aquellas con los propios hijos-- pérdida de dimensión espiritual, quizás. Pérdidas difíciles de determinar. El carbón, y posteriormente el petróleo, forzaron implacablemente un cambio en aspectos cruciales de la vida social: nuestra relación con la naturaleza, nuestra relación unos con otros, nuestra relación con nosotros mismos. Pero en ninguna parte fue mayor el impacto que en la educación de los niños.

La economía del período colonial y federal en Norteamérica hacía hincapié en las características de los niños necesarias para ganarse la vida independientemente, características que han permanecido en el centro de la imagen romántica de nuestra nación a los ojos del mundo y a los nuestros propios. Estas características, sin embargo, fueron reconocidas por pensadores asociados con los nacientes sistemas industriales y financieros como signos de peligro de sobreproducción incipiente. El mismo ingenio y autoconfianza que construyeron una Norteamérica fuerte y única llegaron a ser vistos como sus enemigos. La competencia fue reconocida como un agente corrosivo que ninguna economía de producción en masa podía tolerar mucho tiempo sin traer a su paso ruinosos pánicos financieros, que engendrarían bancarrota y deflación.

Hace falta una explicación preliminar. Antes del carbón y de la capacidad de invención que inspiró el carbón, ningún mal amenazaba al muy realista sueño americano de tener uno su propio negocio. Un sorprendente porcentaje de norteamericanos hizo simplemente eso. Los negocios eran pequeños y locales, principalmente operaciones de subsistencia, como la miríada de pequeñas granjas y pequeños servicios que mantuvieron los hogares unidos por el país. Se entendía que depender de sí mismo era lo mejor. El aspecto más radical de esta vieja economía era la forma en que trastornaba las viejas ideas de privilegio de clase y antiguas ideas de exclusión.

Sin embargo, bien avanzada una única generación, la energía divina del combustible fósil se hizo disponible de repente. Aquí estaba ahora el problema, esa energía estaba disponible para los industriales, pero al mismo tiempo para el grupo de ciudadanos más lleno de recursos, duros de carácter, independientes, irritables e indomables jamás visto en lugar alguno. Había un peligro real de que en la economía industrial que nacía, demasiados reconocieran la nueva oportunidad, creando así demasiado de cada cosa para que lo absorbiera cualquier mercado.

El resultado: los precios se derrumbarían y el capital estaría desprotegido. Usando el método positivo de análisis, del cual se tratará más adelante, se podía fácilmente prever que continuas generaciones sin fin de maquinaria mejorada podrían aparecer próximamente una vez se hiciera el compromiso de dejar salir al genio del carbón completamente de la botella. Sin embargo, frente a una amenaza constante de sobreproducción, ¿quién podría invertir, reinvertir y reinvertir a menos que se tomaran medidas para restringir la competencia promiscua en la fase embrionaria? El momento más eficaz para hacer eso era ab ovo, sofocando esas cualidades de mente y carácter que ocasionaron la peligrosa ansia norteamericana por la independencia donde comenzó primero, en la niñez.

La vieja economía programada para su sustitución había establecido sus propias expectativas básicas para los niños. Incluso los pequeños granjeros consideraban importante endurecer la mente con la lectura, escritura, debate y declamación, y aprender a manejar números lo bastante bien para que después uno pudiera gestionar sus propias cuentas. En la vieja sociedad, la competencia era el severo camino a la justicia en el reparto. La democracia, religión y la comunidad local eran el contrapeso a los excesos de individualismo. En tal universo, la educación en el hogar, el autoaprendizaje y las escuelas locales dirigidas por profesores servían bien.

En los últimos días de este orden social centrado en la familia, un sustituto industrial hecho necesario por el carbón estaba a la espera entre bastidores, pero era una perspectiva aún incapaz de depurarse de la competencia excesiva, incapaz de aceptar suficientemente al gobierno como el socio que debía tener para suprimir la competencia excesiva de una multitud demasiado democrática.

Entonces sucedió un milagro o se dispuso que sucediera. Tras décadas de subrepticia provocación del Norte, el Sur abrió fuego sobre Fort Sumter. Ni el mismo Hegel podía haber planeado la historia mejor. Norteamérica iba a encontrarse pronto metida a calzador en una cultura homogénea. La Guerra Civil mostró a los industriales y financieros cómo una población estandarizada entrenada para seguir órdenes podía hacerse funcionar como un fiable árbol en que crecieran monedas. Más aún, mostró cómo toda la población podía ser despojada de su poder de causar problemas políticos. Estos años de guerra despertaron la astuta nostalgia por el pasado colonial británico, y al hacer eso, la sociedad dirigida por el carbón fue bienvenida tanto por el futuro social que prometía como por sus riquezas.


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© 2007 John Taylor Gatto
© 2007 de la traducción, Juan Leseduarte
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